No sé si el fútbol paraguayo está quebrado o si soy yo el que está quebrado
Anoche dejé el mate sobre la mesa y no lo levanté más. Se enfrió ahí, con la yerba hinchada y el agua estancada. Y yo miraba el celular con esa noticia del Ueno Bank dando vueltas en la cabeza, sin saber bien qué pensar.
Lo leí en las noticias, no estuve en ninguna reunión ni tengo contactos en la Conmebol. Pero la cosa es así: catorce millones de dólares parados ahí. Catorce palos. El fútbol paraguayo entero con la boca abierta en la puerta de un banco que se le está cayendo a pedazos.
Antes pensaba que esto era simple. Que un club se funde, se arma una comisión, aparece un dirigente nuevo, se paga en cuotas y listo. El fútbol aguanta todo, siempre aguantó. Mi viejo me contaba de épocas peores y los domingos el estadio se llenaba igual. La pelota rodaba y nadie preguntaba de dónde salía la plata.
Ahora no sé.
Porque los jugadores salieron a exigir que se actúe con fuerza. Los propios jugadores. Los que cobran, los que firman, los que depositan su sueldo en esa misma entidad. Y cuando el que tiene que cobrar sale a hablar de quiebras, es porque la cosa viene rara de verdad. No es un dirigente haciendo política. Es el tipo que el lunes tiene que ir a entrenar y no sabe si sus hijos van a comer de esos colores en diciembre.
Vitamina Sánchez dijo algo que me quedó dando vueltas. Lo leí en un titular: que tenían que aprovechar la situación para poder alejarnos. No lo tengo claro, la verdad. ¿Alejarnos de qué? ¿De la plata? ¿De la deuda? ¿De la responsabilidad? Hay declaraciones que suenan a verdades y otras que suenan a salida de emergencia, y esa me suena más a lo segundo. Pero capaz que estoy equivocado y el hombre quiso decir otra cosa.
Lo que me hace dudar es el número. Catorce millones depositados. Si me decís que un club debe plata, bueno, pasa. Si me decís que debe la Conmebol y que hay jugadores caminando con la cara larga por el predio, la cosa cambia de tamaño. Un árbol se cae y hace ruido. Un monte entero cayéndose se escucha distinto.
En el kiosco de la esquina charlé con un muchacho que trabaja en una agencia y me dijo que él ya no fía camisetas. Que le quedaron colgadas tres de un club y no sabe si las va a vender. Tres camisetas. Eso es lo que se ve desde la calle. Un tipo con tres camisetas colgadas y la cara de no saber qué hacer con ellas.

Foto: Roberto Garrido / Pexels (CC0)
Y acá es donde se me arma el nudo. Porque si el fútbol paraguayo está quebrado, quién arregla esto. Los jugadores que exigen que se actúe, ¿van a ir a la Justicia? ¿Van a parar el campeonato? ¿Van a dejar de entrenar un domingo? Porque exigir fuerza es fácil, el gesto es lindo, la foto de los jugadores abrazados después de una conferencia de prensa vuela en todas partes. Pero nadie me explicó qué pasa el lunes.
Tampoco sé si este lío le toca a todo el fútbol o a unos pocos. Y ahí viene la parte que me incomoda: la noticia del clásico de Olimpia y Cerro, con un muerto, un herido grave, invasión de cancha y detenidos. Ese partido se jugó un domingo, con estadio lleno, con la gente cantando como si nada de lo otro existiera. La cancha funcionando normal, la plata corriendo por otros canales, mientras en la otra vereda se habla de quiebra. Me cuesta creer que esas dos cosas pasen en el mismo país, la misma semana, y nadie atienda el teléfono.
A mí me gustaría saber qué ven los pibes de la Sub 20 en todo esto. Ellos miran el Mundial 2026, miran a Enciso como si fuera un faro en medio del puerto, y del otro lado los dirigentes les están mostrando el piso flojo. El Mundial de 2026 está ahí, a la vuelta, y Paraguay tiene un pibe que la rompe. Pero sabe jugar el pibe con las cuentas rotas del club que lo tiene de reserva.
Un amigo mío, contador, me dijo una frase que no me la saco: cuando el banco se cae, primero se cae el edificio y después el papel. No sé si es muy técnico o si se lo inventó. Pero la escena la tengo clarísima. La fila en la puerta del banco un día de semana, gente con carpetas, gente sin carpetas, el cartel de las tasas arriba, y el fútbol paraguayo esperando turno como uno más en la fila.
Es ahí donde no sé qué pensar. Yo puedo escribir que el fútbol es más grande que un banco, y me lo creo. Lo creo cuando veo un chico patear una pelota de trapo en Luque. Lo creo cuando mi sobrino me habla de Enciso como si fuera de la familia. Pero cuando la plata que mueve la pelota se traba, ¿quién le paga al de la cantina, al utilero, al que corta el pasto un jueves a las siete de la mañana?
Seguramente mañana leo otra cosa y cambia todo. Capaz que aparece un grupo inversor, capaz que el banco se arregla, capaz que los catorce millones vuelven a aparecer y todos salen a decir que fue una tormenta en un vaso de agua. O capaz que no. Y yo voy a estar acá con el mismo mate frío sobre la mesa, esperando la resolución de una duda que no me deja tranquilo.
Lo único que sé con certeza es que no quiero que un pibe de diecisiete años esté pensando en quiebras la primera vez que lo convocan a la selección mayor. Eso no me cierra. Eso me parece que está mal. El fútbol paraguayo puede tener muchas cosas, pero no puede tener a sus joyas mirando el piso antes de entrar a la cancha.
Y el mate sigue ahí, con la yerba seca, esperando que alguien me responda.