Tu ausencia De Algun lugar a Mariposa tecnicolor (Tu recuerdo en la Plaza Bolìvar de Maracay)
I. Cuando tú estabas...
Cuando tú estabas, todo era mejor.
El sol no solo alumbraba: sanaba. El viento no solo movía las cortinas: las llenaba de tu olor. El país que habíamos construido —ese que canta Duncan Dhu— no ardía bajo el sol, porque tú eras el agua que apagaba cualquier incendio antes de que empezara.
"En algún lugar", dice la canción, "la tierra es de otro color, el polvo lo debe saber". Y ese color eras tú. El polvo, el aire, las horas muertas del mediodía, todo tenía un brillo distinto cuando tus pasos sonaban en el pasillo. Los días no eran días: eran excusas para verte. Las noches no eran noches: eran el telón de fondo de tu respiración.
Cuando tú estabas, el miedo no existía. O al menos, no tenía nombre. Porque tu presencia era un conjuro que mantenía a raya a mis fantasmas. El país era grande, sí, pero no me pesaba recorrerlo, porque tú caminabas a mi lado y yo, ingenuo, creí que ese camino no tendría fin.
Pero el miedo siempre acecha en las sombras de los reinos felices.
II. El vértigo de la duda
Fue entonces cuando llegó la duda.
El miedo a fallar. El terror profundo de no estar a la altura de tu luz, de no merecer el arcoíris que proyectabas sobre mi vida. Fito lo canta mejor que yo: "Todo giró, todo giró bajo el sol". Y en ese girar, yo perdí el equilibrio. Empecé a preguntarme si yo, el hombre que te amaba, era realmente el hombre que merecía quedarse.
"Mariposa tecnicolor", te llamaba en mi mente, mientras veía tus alas desplegarse en colores que yo no sabía nombrar. ¿Cómo podía un terrícola como yo sostener un vuelo tan alto? ¿Cómo podía mi mano, torpe y temblorosa, tocar un arcoíris sin mancharlo?
El miedo a fallar me hizo dudar.
Dudar de mí. Dudar de mi amor. Dudar de si realmente era capaz de hacerte feliz, de ser el hombre que tú merecías. Y en esa duda, como un veneno lento, fui construyendo la distancia. No con palabras, no con gritos. Con silencios. Con miradas que ya no buscaban las tuyas. Con el temblor de un hombre que se siente pequeño frente a la inmensidad de lo que ama.
Ella lo notó, claro. Y un día, simplemente, se fue.
III. Me dejó, me fui, y al volver ya no estás
Primero fue ella. Me dejó.
No hizo ruido. No hubo portazo ni maleta estampada contra el suelo. Solo un día desperté y su lado de la cama estaba frío, y su olor empezaba a desvanecerse entre las sábanas. Se fue, jinete de ningún camino, como el viento que canta Duncan Dhu. Se fue sin decir adiós, o quizás lo dijo y yo, cegado por mi propia cobardía, no supe escucharlo.
Y entonces, herido y vacío, me fui.
Porque no soportaba el eco de sus pasos en el país vacío. Porque el silencio era un grito que me recordaba que ella ya no estaba. Así que huí. Corrí hacia ningún lugar, creyendo que la distancia física calmaría el vértigo de su ausencia. Pero el dolor viaja con uno, no se queda en las ciudades que uno abandona.
Pasaron días. O semanas. O años. Ya no sé medir el tiempo cuando el amor se rompe.
Pero el corazón, necio, siempre quiere volver al lugar donde fue feliz. Y yo, con la duda apaciguada por el arrepentimiento, regresé. Volví al país que construimos, al hogar que creímos eterno, con la esperanza de encontrarla, de decirle que lo siento, de gritarle que el miedo ya no me gobierna.
Y al volver, ya no estabas.
La casa estaba en pie, pero vacía. Las cortinas seguían moviéndose, pero el viento ya no traía tu olor. El polvo, ese polvo que canta Duncan Dhu, se había acumulado sobre nuestros recuerdos, como una mortaja gris sobre lo que fue color.
Me dejaste. Me fui. Volví. Y tú ya no estabas.
IV. Sigo tus pasos, pero no estás
Ahora solo me queda caminar.
Sigo tus pasos, pero no estás.
Recorro las calles que pisaste. Busco tus huellas en el polvo del país perdido. Camino hacia los domingos en el club, hacia los zapatos de charol que brillaban bajo la luz de la catedral. Busco tu sombra en las columnas donde juramos, en la tribuna que gritaba gol mientras el lunes devoraba la capital de nuestros sueños.
Pero solo encuentro vacío.
Fito dice: "Yo te conozco de antes, desde antes del ayer". Y es verdad. Te conozco tanto que puedo adivinar por dónde caminaste, puedo sentir el calor de tu cuerpo en el aire que dejaste atrás. Pero cuando giro la esquina, cuando alzo la mirada esperando encontrarte, solo veo el horizonte desnudo de tu ausencia.
Sigo tus pasos como un perro fiel al eco de un dueño que ya no existe. Camino sobre las marcas que dejaste en mi piel, en mis recuerdos, en cada una de las canciones que escuchamos juntos. Y aunque sé que no estás, aunque el polvo me devuelve el sabor amargo de la derrota, no puedo dejar de buscarte.
Porque en cada paso tuyo que imito, siento que aún estamos juntos. Que el país no se ha incendiado del todo. Que quizás, si sigo el rastro con suficiente fe, llegaré a ese lugar donde el viento mueve todo lo que toca... y te encontraré esperándome.
V. El eco de tu ausencia
Pero no.
El viento solo mueve polvo. Las mariposas, por más tecnicolor que sean, no vuelven al capullo. "Cuando me fui, no me alejé", canta Fito, y ahora entiendo que es cierto. Aunque huí, nunca me fui del todo. Porque llevo el país dentro de mí. Llevo tus pasos grabados en la planta de mis pies. Llevo la duda, el miedo, el arrepentimiento, y sobre todo, llevo la certeza de que cuando tú estabas, todo era mejor.
El miedo a fallar me hizo dudar. La duda me hizo perderte. Y cuando quise enmendar mi error, ya era tarde. El tren del tiempo había pasado, y tú viajabas en él, hacia un destino que yo ya no compartía.
Ahora, en esta melancolía que nos une más que cualquier promesa, solo me queda caminar. Seguir tus pasos sin esperanza, solo por el consuelo de pisar donde pisaste. De algún lugar a mariposa tecnicolor —del país que olvidaron construir al vuelo que nunca aprendió a quedarse— hay solo el espacio de una canción.
Y en ese espacio, yo sigo buscándote.
Sé que no estás. Pero caminar donde caminaste, soñar con tu regreso, vivir en la dulce mentira de que aún puedes volver... es lo único que me queda de ese país que fuimos.
Para ti, que te fuiste.
Para mí, que me fui y volví demasiado tarde.
Para el miedo, que ganó la batalla.
Para el amor, que perdió la guerra.
Me dejaste, me fui, y al volver ya no estabas.
Ahora solo sigo tus pasos en el polvo.
Porque cuando tú estabas, todo era mejor.
Y sin ti, solo soy un hombre caminando hacia ninguna parte.
Diez mil días extrañándote... Buscando ser feliz, aunque no sea contigo...
Fotografía: Propia. Tomada un amanecer al llegar a Maracay, con mi cámara Polaroid. En esa luz nueva, busco tus pasos. Pero solo encuentro la sombra de lo que fuimos.
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Curated by : wilmer1988 |
