Cuando el cliente me pidió un informe a medianoche y Robin Sharma me salvó

Foto: Mario Alvarado / Pexels (CC0)
Ayer, sábado 12 de septiembre, estaba en el Café del Cielo de Asunción a las 10:30 am, con mi portátil abierto y una lista de tareas que parecía no terminar nunca. El cliente de Banco Itaú me había enviado un correo a las 8:00 p.m. pidiéndome el informe de riesgo para el lunes. Ya llevaba tres horas pegado al teclado y el sudor empezaba a empañar la pantalla. En ese momento recordé una frase que leí esta semana en El monje que vendió su Ferrari de Robin Sharma: “no te mates trabajando”. Esa línea, más que un lema, se convirtió en el disparador de una pequeña revolución personal.
Idea 1 – El mito de la productividad infinita
Lo que aprendí de Sharma es que la mayoría de los emprendedores confunden estar ocupado con ser productivo. En el libro, el protagonista Julian Mantle descubre que su éxito profesional lo había dejado sin energía para disfrutar la vida. En la práctica, yo solía medir mi valor por la cantidad de horas que pasaba frente al monitor. Un colega de Itapúa, Carlos Méndez, aplicó la regla de “no trabajar más de 5 horas seguidas” durante 30 días y su entrega de proyectos aumentó un 22 % mientras su nivel de estrés cayó a la mitad. La lección clave: la calidad supera a la cantidad.
Idea 2 – Programar el “no‑trabajo”
El autor dice que los grandes logros requieren intervalos de descanso deliberado. Decidí, en medio de mi crisis de medianoche, bloquear en mi calendario de Google los próximos 90 minutos como “Tiempo de desconexión”. Apagué notificaciones, cerré el Outlook y me levanté a caminar una cuadra por la Costanera. Ese pequeño respiro me dio claridad para reorganizar el informe en tres bloques de 45 minutos, con 10 min de pausa entre cada uno. El resultado fue un documento más estructurado y entregado a tiempo, sin sacrificar mi salud mental.
Idea 3 – Crear rituales de cierre
En el libro, Julian adopta una rutina de meditación al final del día para “cerrar” su jornada. Inspirado, implementé una práctica sencilla: al apagar la computadora, escribo tres cosas que funcionaron y una que mejoraré. Ayer, al terminar el informe, anoté: 1) la claridad al dividir el trabajo, 2) la energía recuperada tras la caminata, 3) el cliente agradeció la puntualidad, 4) necesito delegar la recolección de datos a mi asistente. Esta rutina me permite visualizar el progreso y planificar mejoras sin sentir que el día quedó inconcluso.
Pasos concretos para probar mañana
- Abre tu agenda y reserva al menos 60 minutos como “Bloque de no‑trabajo”. No aceptes reuniones durante ese espacio.
- Cuando llegue el momento, levántate, estírate y camina al menos 5 min fuera de la oficina.
- Al regresar, divide la tarea que tienes entre bloques de 45 minutos con descansos de 10 min.
- Al cerrar la jornada, escribe tres aciertos y una área de mejora en una hoja o app de notas.
- Repite este ciclo durante una semana y registra cómo varía tu productividad y tu nivel de energía.
Hoy, al volver a mi escritorio, sentí que la presión se había disipado y que el informe no era una carga insoportable sino una serie de pasos manejables. La sensación de haber encontrado un equilibrio me dejó una sonrisa y la convicción de que, como dice Sharma, el verdadero éxito se mide en momentos de paz, no en horas extra.
Cierre
Esta pequeña práctica cambió mi forma de enfrentar los plazos; ahora sé que el descanso no es una debilidad, sino la herramienta que potencia mi rendimiento.