Las capas de la danesa en la parada de colectivo de Mcal. López

Foto: Nikita Grimovich / Pexels (CC0)
Ayer a las 6 y pico de la tarde, esperando el 26 sobre Mcal. López, se me paró al lado una mujer que parecía recién salida de una foto de Copenhague. La vi de reojo y después ya no pude dejar de mirarla, perdón, pero era imposible no hacerlo. Tenía una camisa de algodón celeste, arriba un suéter de lana gris perla un poco pasado de largo, encima un abrigo largo color arena que le llegaba casi a las rodillas y todo eso amarrado con un cinturón finito de cuero negro que le marcaba la cintura como si el conjunto lo hubiera diseñado ella. Falda midi plisada, borcegoa negra. Y un gorro de lana calado, igual al de mi tía Norma pero sin ese aire de abuela que le daba el mío que heredé en el 2011 y todavía no sé por qué guardé.
El colectivo no venía, ya sabemos cómo es eso, así que tuve tiempo de sobra para analizarla como si fuera un pull de vidriera. Lo que me llamó la atención no fue cada prenda por separado, mirá, eso lo podés conseguir en cualquier local. Fue cómo estaban puestas: los largos. La camisa asomaba apenas del suéter, el suéter apenas del abrigo, y cada capa tenía exactamente dos o tres dedos menos que la de arriba. Lo leí hace poco en una nota sobre el estilo danés que hablaba justo de esto, de que el layering no va de sumar prendas sino de que cada una se vea un poco, como si estuvieran asomadas a una ventana. Y ahí estaba, a mi izquierda, cobrando forma real entre el humo de un auto que pasaba.
Lo otro que me quedó dando vueltas fue la paleta. Todo frío, todo apagado, y sin embargo no aburrido: el celeste de la camisa le daba un brillo raro al gris del suéter, y el arena del abrigo lo bajaba todo a tierra. Si yo hubiera armado eso, te juro, le meto una cartera marrón y arruino la mitad. Ella no, ella solo cargaba una tote de lona con el logo de una librería de Asunción que no voy a nombrar porque ya me estoy yendo de tema.
Un detalle que me hizo gracia: en un momento se sacó el gorro porque, obvio, acá en octubre hace un calor que no perdona ni a las danesas más prolijas, y lo metió en la cartera. El pelo se le quedó aplastado y no le importó un carajo. Eso también es estilo, che, no andar sufriendo por el pelo cuando el clima te juega en contra.
Cuando por fin llegó el 26, subió antes que yo, y la vi desde abajo, desde el escalón, cómo el abrigo le caía sobre la falda plisada y cómo el cinturón le dibujaba la cintura por encima de todo el volumen. Pensé en mi placard, en las tres capas que tengo colgadas y que nunca me animo a poner juntas porque me parece que me voy a ver como una cebolla. Y bueno. Puede que esté equivocado pero creo que la diferencia está en el cinturón, nomás, en animarse a marcar algo en medio de tanto trapo suelto.
Me bajé en la parada de siempre, crucé la calle y todavía la tenía en la cabeza, más que la mujer a ella, a esa manera de ponerse la ropa como quien se levanta sin pensar demasiado. Caminé hasta casa repitiendo mentalmente la combinación: celeste, gris perla, arena, negro. Llegué, abrí el placard y me quedé parado mirando la remera de manga larga que uso todos los inviernos. Después busqué el suéter que casi no me pongo porque me parece que me achata. Lo puse arriba de la mesa de la cocina, al lado del abrigo largo, y me quedé ahí un rato largo, sin probarme nada, solo mirando si los tres largos se hablaban entre sí.