Ese gol que me hizo creer en los pibes de la frontera

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mirá la cancha donde cayó el gol
Foto: Israel Torres / Pexels (CC0)

a vos, que todavía te peleás con la culpa de no haber ido al estadio ese día, te cuento lo que pasó ayer y por qué no me olvido del gol de Juan Cañete.

estaba en la casa, tereré en mano, mirando el partido de Godoy Cruz contra Arsenal de Sarandí en la pantalla de la tele de la esquina. la fecha: 30 de octubre de 2026, y la transmisión corría por TyC Sports. yo, como siempre, con el sonido al máximo, porque la gente de la ciudad siempre dice que el ruido del estadio se siente hasta en el barrio. el clima estaba de la puta madre, con una brisa que se colaba por la ventana y el olor a pasto recién regado.

el partido era una batalla de nervios. Godoy Cruz necesitaba al menos un empate para seguir con la esperanza de llegar a la final del ascenso, y el marcador estaba 1‑1 desde el minuto 23. en la tribuna del Estadio Malvinas Argentinas, la gente coreaba “¡Vamos, pibe!” y yo, con la cabeza pegada a la pantalla, sentía cada pase como si fuera mi propio corazón. la presión se sentía en la piel, pará, que la tensión era real.

de repente, a los 86 minutos, el árbitro pitó una falta a la izquierda. el entrenador de Godoy Cruz sacó la bandera y pidió el tiro de esquina. la pelota giró en el aire como si fuera una cometa y cayó en el pecho de Juan Cañete, que había subido como un toro. él saltó, y con una cabeza de acero le mandó el balón al fondo de la red. el gol fue de esas cosas que te dejan sin aliento, de esas que se graban en la memoria y se repiten en los sueños.

mi hermano Diego, que estaba en la cocina preparando una empanada, soltó un grito que retumbó en toda la casa: “¡Eso es, pibe! ¡De la puta madre!”. yo, con la boca abierta, dije “pará, ¿qué pasó?” y me di cuenta de que el gol había sido tan rápido que casi no lo vi. la transmisión mostró el replay en cámara lenta, y ahí quedó la imagen del balón pegando contra la red, mientras el público se ponía de pie. el gol le dio a Godoy Cruz la victoria 2‑1 y los mandó a la final del ascenso. fue un momento re épico.

lo que más me chocó fue que el autor del gol era paraguayo. Juan Cañete, de 24 años, había llegado al club argentino hace apenas seis meses, y ya estaba marcando la diferencia. me acordé de los viejos partidos de la selección, de cómo la gente siempre decía que los paraguayos eran duros, pero nunca había visto a uno brillar en la primera división argentina de esa manera. eso me hizo pensar en cuántos talentos quedan en la sombra, esperando el momento de explotar.

“Los pibes de la frontera están listos para romper cualquier techo”.

esa frase la leí en un foro de fanáticos paraguayos justo después del gol. la gente la compartía como si fuera una consigna, y yo la repetía en voz alta mientras me servía otro vaso de tereré. me dio una sensación de orgullo que no había sentido desde que vi a José Luis Chilavert detener aquel penal contra Brasil en los 90.

recordá cuando, hace cinco años, me perdí la semifinal de la Copa Sudamericana porque el partido se jugó en la madrugada y yo estaba en la oficina. me quedé con la sensación de que siempre me perdía los momentos claves. ahora, con este gol, sentí que por fin estaba presente, aunque fuera a través de la pantalla. y eso me hizo pensar en la próxima fecha: Cerro Porteño contra Olimpia, que se juega el 3 de noviembre en el Estadio Defensores del Chaco. ese derby va a ser otro espectáculo, y me pregunto si otro paraguayo va a brillar.

hay algo que no entiendo del fútbol paraguayo: la forma en que a veces se subestiman a los jugadores que salen del país. la prensa local habla de “pibes que se van a la sombra”, pero cuando hacen ruido en la primera división extranjera, de repente todos se vuelven críticos y analíticos. tal vez sea la envidia, tal vez sea la costumbre de pensar que lo nuestro es “solo fútbol de barrio”.

en fin, eso es todo. la noche quedó con el sonido de la celebración en mi casa y el eco del gol resonando en mi cabeza. me quedé mirando el replay una y otra vez, como si fuera a encontrar algo nuevo en cada frame. y vos, que todavía te preguntás si debiste haber ido al estadio, te digo: la próxima vez nos vamos juntos, con la camiseta del club que nos haga latir el corazón.

te juro que este gol me cambió la forma de ver el fútbol paraguayo. ahora cada vez que escucho el nombre de un pibe que juega fuera, lo imagino con la misma garra que mostró Cañete. y cuando el próximo partido de la selección llegue, estaré con la voz en alto, gritando “¡Re, vamos Paraguay!”.

por último, dejame una cosa clara: la pasión no se compra, se vive. y a veces basta con una cabeza bien colocada a los 86 minutos para que todo cambie.