Mi Padre: Presidiario y Masón (parte 4)

in #masonry • 2 months ago

Mi Padre: Presidiario y Masón (parte 4)
Proviene de parte 3

A modo de recapitulación: Vaya desde ya una síntesis del presente: es una descripción biográfica de la persona que la secta de la Masonería ha hecho de mi padre. Lo que haya sido de mi padre como persona en tanto persona, como toda secta (y la masonería es una muy eficaz), ha sido borrado y reescrito. Por lo tanto, quien lea estas líneas, no estará leyendo una biografía particular, sino que terminará por enfrentarse a una descripción conceptual de lo que es un masón, en tanto miembro de la secta-mafia de la Masonería.

  1. Cárcel. Mi padre me ha referido, y lo mismo a mi hermano, hermana y otras personas, que estuvo privado de la libertad. Lo primero que debo decir sobre este punto, es que no termino de entender por qué, habiendo ocultado tantos otros aspectos de su vida (como su filiación masónica), no ocultó éste también. Hablaré ahora del reconocimiento de mi padre de su tiempo en cárcel, de cómo narra haber caído en ella, de su trato con Sergio Schocklender ya adentro, de trabar amistad con Rodolfo y, finalmente, del abrupto fin de su período de cumplimiento de sentencia.

7.1. Sobre el por qué del reconocimiento que mi padre hace abiertamente de su paso por la cárcel tengo que comenzar por repetir lo que hubiera dicho al inicio, en 1.1. Estas líneas no intentan ser una biografía personal de mi padre, Gustavo Javier Morduhay, sino que tomando la vida de mi padre, de la que puedo atestiguar mucho en primera persona, usarla como ocasión para hablar de todo lo que hay en ella de masónico. Es decir, estoy hablando aquí de mi padre, pero también podría ser un masón cualquiera.

7.1.1. Ya se ha dicho en el presente que mi padre siempre evitó hablar de su hermana (punto 4 del presente) y su internación, hasta el punto que me enteré de su existencia a mis 14 años aproximadamente, habiendo considerado siempre que mi padre era hijo único. Tampoco hablaba de su relación con su padre (punto 5.3. y otros del presente). Y otro tanto pasaba con la internación de Amelia Fernández (su madre). Absolutamente nunca me mencionó formar parte de la masonería. Si de todo esto rehuía hablar, ¿por qué tan aceptaba de manera tan transparente haber estado en la cárcel? Para entenderlo, ampliemos el marco de la escena, y preguntemos, por qué un masón dice algunas verdades inconvenientes, cuando calla tantas otras, y tiene la impunidad garantizada por la secta-mafia de callarlas todas.

7.1.2. La masonería utiliza el principio de negación plausible. En otro texto se hablará de los principios filosóficos/éticos/teológicos de la secta, la cual, aunque se comporte como una mafia por el calibre de sus crímenes, tiene, en el fondo, un componente religioso. Para el tema del presente párrafo basta decir que la secta mafia de la masonería afirma la inexistencia de una Verdad. Consecuentemente, tampoco existe una Justicia. Y de todo ello redunda que la única forma que creen realista de tratar las diferencias es mediante la fuerza. Sin embargo, aceptan que la humanidad a trascendido el estadio primitivo donde la fuerza física decidiría un asunto contencioso. Mas de esto no sacan otra consecuencia que: "entonces, si antes se usaba la fuerza física y hemos evolucionado, es que ahora usamos la fuerza social". Es decir, para la masonería, el único contenido es la forma (apariencia) y la única verdad es la calumnia, si ha resultado exitosa. Pero para que una calumnia, o mentira cualquiera, resulte exitosa, necesita ser creíble. Ahora bien, la credibilidad de una mentira no viene, ni puede venir, de las cosas en sí mismas, puesto que es, justamente, una mentira. Además, ni siquiera en abstracto un masón acepta que exista realmente una Verdad. Por tanto, la credibilidad de una mentira deriva de la credibilidad de quien profiere la enunciación. Es decir, la masonería sólo acepta como fundamento de verdad, la falacia ad-hominem. Y, por tanto, para desmentir algo, busca ensuciar al interlocutor. Para poder mantener ellos una credibilidad, evitan, en cuanto les es posible y razonable económicamente, mentir sobre hechos que son pública y fácilmente comprobables. Y hay que remarcar que el problema, para la secta, no es la mentira, sino la facilidad de ser desenmascarado mintiendo sobre algo que es pública y fácilmente comprobable. En pocas palabras, no es la mentira, sino la debilidad la que intenta evitar la masonería. Así, la secta reparte la responsabilidad de sus crímenes en muchos pequeños actos, fácilmente confundibles con errores no intencionales, orquestados para cumplir un fin que es gravemente criminal. Y de ésta manera, para cada uno de estos masones, ellos son inocentes. Incluso cuando recuerdan que su error ha sido intencional (recuerdo que están dispuestos a sepultar en su mente, ante la comodidad que la impunidad les brinda), pueden alegar que la parte del hecho de la que son responsables no constituye ni lleva necesariamente a la consumación exitosa del crimen en su conjunto. Nuevamente, ocultando, incluso ante sus propios ojos, que si habían recibido la instrucción de actuar de determinada manera, fue porque era necesario para producir el efecto final. Y para hacer más fácil ignorar estos hechos, la masonería pide a sus miembros una obediencia ciega, de forma tal que un masón, al cumplir las indicaciones recibidas cometiendo deliberadamente un error para con la víctima en cuestión, nunca ha recibido la verdad completa, que sin embargo sabe, que su error es un paso de una larga cadena.

7.1.3. Dicho todo lo anterior, mi padre como masón que es, reconocía haber estado preso, puesto que su encarcelamiento había sido notorio para toda la familia. Pero no reconocía el crimen del que se le imputaba ni la naturaleza de la acusación. De modo tal que, en boca de mi padre, su encarcelamiento estuvo determinado por una acusación de comercialización de auto-partes robadas. Y aunque este hecho pudiera ser verdad, puesto que en mi niñez recuerdo que mi padre "tenía" dos o tres vehículos distintos cada mes, no es toda la verdad, como lo testimonia el hecho de haberse rodeado en prisión de personas que respondían a la conducta tipificada criminal de homicidio/parricidio. El más notorio de ellos fue Sergio Schocklender. Pero también de Rodolfo, amigo que se haría en los tiempos de reclusión en los pabellones penales. Y, en la cárcel, las personas se suelen agrupar (y la mirada ajena también los empuja a ello) por el tipo de crimen cometido.

7.2. Encarcelamiento: aquí se narrará los pocos detalles contenidos en las palabras de mi padre sobre la experiencia de haber caído preso y su paso por prisión. En primer lugar, estos hechos se sitúan a finales de los años '70, en Argentina. Gustavo, reconoce abiertamente haber estado cerca del mundo de la comercialización de auto-partes robadas, especialmente estéreos. No decía abiertamente que lo hiciera él, pero sí que conocía a gente que lo hacía y que él mismo había ganado dinero de ese mundo. Él mismo cuenta que, la noche de su detención, mi madre había tomado las llaves de uno de los autos con que contaba esa semana. Tengo que suponer que mi madre no sabía del todo la procedencia de los autos, porque lo condujo, estando embarazada de mi hermano y sin saber manejar. Siguiendo con la versión de mi padre, ella había tomado la decisión de arriesgarse a manejar en ese estado y sin saber, porque estaba sola en casa, y esa noche había recibido una llamada de una amiga que le pedía ayuda de manera urgente. La policía no había dejado de notar el estilo de conducción y, seguramente, sospechando la procedencia del auto, evitaron intervenir hasta su regreso al domicilio. Allí intervinieron poniendo a mi padre -dice él- ante la disyuntiva de reconocer él mismo como responsable del auto en cuestión, o dejar que mi madre cargue con las consecuencias legales. Habiendo vuelto al domicilio, encontrándose frente a esta situación, asumió la responsabilidad por el vehículo, pero negó cualquier responsabilidad en los ilícitos de éste. También, relata mi padre que en aquellos años usaba para negocios poco claros, el sobrenombre de "gafas". Y que él sabía que su situación con la ley era complicada cuando en una cafetería, una persona cualquiera, le grita desde atrás "gafas". Sin pensarlo, dio vuelta la cabeza para saber quien lo llamaba en un contexto donde no esperaba ser reconocido de esa manera, y, al instante, no viendo a nadie que se haga cargo de la llamada, entendió que había sido un procedimiento para vincular a su persona con lo que sea que la policía supiese de la persona identificada como "gafas", un alias que utilizaba para sus actividades menos claras.

7.3. Vida en la cárcel: en el presente están contenidos los hechos que mi padre referiría sobre su paso y tiempo privado de libertad. Gustavo, como es comprensible, no gusta de hablar de su tiempo cumpliendo condena. Pero, por el otro lado, si saca a relucir, cada vez que tiene oportunidad, que es una persona "de mucha calle". Y muchas veces usa anécdotas del encierro para respaldar su posición. Según sus palabras, pasó por dos etapas, una primera cumpliendo condena en un pabellón de presos comunes, en donde aprendió muchas de las mentiras y trampas con que los presos intentan ganarse ventajas unos contra otros. De ésta experiencia tuvo una muy mala impresión, puesto que la describía como una selva, en donde la vida de cada uno de los presos estaba en continuo riesgo, teniendo que defender su imagen como preso, en todo momento de todo ataque o trampa, para evitar verse en una posición de debilidad que le diera a cualquiera la idea de atacarte. En estos años en que he tenido conocimiento que pertenecía a la secta de la masonería, me ha resultado contradictorio que tuviera una imagen tan mala de esta "selva", puesto que la masonería entiende así a la humanidad toda, constantemente peleando en una eterna guerra intestina para aprovecharse unos de otros, hasta que la vejez abate incluso a los más fuertes. Sólo que, como masón, le había tocado la parte de victimario estando afuera, y ahora, adentro, tenía que sufrir la posibilidad clara de ser una víctima de cualquiera de estos presos, acostumbrados a jugarse al vida. Probablemente se pueda saldar esta aparente contradicción recurriendo al proverbial egoísmo metodológico y filosófico de los miembros de la secta mafia de la masonería. Así, odió sus días de cárcel entre los presos comunes, porque allí era débil, mientras que ama la ley de la selva que la secta aplica contra sus víctimas, porque se ve él mismo como el fuerte al participar de la masonería. Por otro lado, también llama la atención cuando se repasan estos hechos, que los miembros de la masonería tienen, por lo general, la impunidad asegurada frente a sus víctimas, pero mi padre acabó en prisión. Aquí hay que traer otro elemento explicado por Nicolás, miembro de la masonería. Y es que la masonería entiende que la humanidad toda vive en un estado de guerra intestina, velada, pero muy real y cruel en sus consecuencias. Y que la propia masonería es una imagen de esta guerra. Así, si todos los masones se unen para lograr la impunidad frente a sus crímenes contra quienes no están iniciados, también sucede que dentro de la masonería, las masones se atacan unos a otros. Con la única ventaja que un masón tiene enemigos individuales dentro de la secta (y también aliados), pero una persona que no participa en la masonería, al enemistarse con un masón, se enemista con toda la secta-mafia. Y con este último concepto, se puede explicar que mi padre no logró escapar impune de sus crímenes como masón, porque otro masón así lo quería. ¿Quién sería ése masón? El hecho de que una vez recuperada la libertad, mi padre se ocupara de hacer internar en un psiquiátrico a su madre, nos da una buena pista. La segunda etapa del período de prisión, la pasó en un "pabellón de conducta". Allí fue donde conoció a Rodolfo, con quien trabaría una amistad que perduraría luego de recuperar la libertad. No sin altibajos y momentos de enemistarse, pero esto es comprensible por lo ya dicho: la masonería es también una guerra ente masones. También fue aquí donde habría conocido a Sergio Schocklender, quien cumplía sentencia condenado por el homicidio de sus padres, homicidio por el cual había sido condenado culpable junto a su hermano. Guardaba en su casa, entre sus pocos libros, una copia del libro escrito por Sergio, que yo leí un mis visitas a la casa de mi padre, y que al parecer no había leído. Finalmente, mi padre fue beneficiado, junto a tantos otros presos comunes (no políticos), por la amnistía general otorgada durante la presidencia de Raúl Alfonsín. Con esto, terminó su condena, recuperó la libertad, y volvió a convivir con mi madre. Esto sucedió, aproximadamente, a mitades de los '80.

  1. Internación de Amelia: en estas lineas se dará cuenta de cómo, al recobrar su libertad, Gustavo Morduhay hizo internar en un psiquiátrico a su madre, Amelia Fernández. Nada me ha contado mi padre sobre la internación de su madre, pero, por extensión de los procedimientos comunes con que la secta de la masonería logra estas internaciones judiciales compulsivas fraguadas, se puede extender lo dicho en 4.1.1 (arriba). Amelia vivía en la casa familiar del barrio de Vicente López (provincia de Buenos Aires, Argentina). Según la escena que relatara mi padre, allí fue abordada por los enfermeros que la sedaron para llevarla internada. Esta escena me fue referida una sola vez, y no volvió a hablar de ella. Llegué a verla muy pocas veces en mi vida, y siempre estando ella medicada. A los pocos años, ella murió. Supongo que mi padre vendió, entonces, también la casa familiar, pero nunca me habló de esto.

Continua en la parte 5