A las cinco y cuarto, don Cándido ya tenía el agua caliente

in #spanish • 3 days ago

Biblia abierta en un patio al amanecer esperando que aclare
Foto: Nothing Ahead / Pexels (CC0)

A las cinco y cuarto de la mañana el cielo de Asunción todavía está negro, negro de verdad, no ese gris que después se aclara. Yo había salido a la vereda con el termo porque no dormía desde las tres, y en la esquina lo vi a don Cándido sacando la reposera al patio, con la Biblia ya abierta sobre la mesa de plástico.

Le pregunté qué hacía a esa hora. Me dijo: «Espero que aclare, nomás». Y se quedó callado, como si eso explicara todo.

Me senté un rato con él porque no tenía apuro y porque la verdad es que tampoco quería volver a la cama a dar vueltas. Don Cándido tiene ochenta y dos, vive solo desde que se le fue la señora, hace cuatro años, y todas las mañanas hace lo mismo: pone el agua, saca la reposera, abre la Escritura y espera. No predica, no canta, no pone la radio. Espera.

Le pregunté si no le daba frío. Me dijo que sí, que le daba frío, pero que el frío era parte del asunto.

Ahí me quedé pensando, mirá vos. Yo tengo la costumbre de rezar apurado, entre el colectivo y el trabajo, con el celular en la mano y un ojo en la hora. Cumplo, digamos. Pero lo de él es otra cosa. No es que rece mejor, es que se toma el tiempo como si el tiempo fuera de alguien más.

A las cinco y media empezó a aclarar por el lado de Lambaré. Se veía apenas, una línea anaranjada abajo del todo. Don Cándido no dijo nada, pero cerró la Biblia despacio, marcó la página con el dedo y se quedó mirando para allá. Yo pensé que iba a decir alguna frase linda, algo de la luz que entra, esas cosas que uno dice en estos momentos.

No dijo nada. Solo miró.

Después me contó que la costumbre la agarró cuando se murió su hermano, el mayor, el que le enseñó a leer. Que la primera mañana se levantó a las cuatro porque no podía dormir y se sentó en el patio a llorar, y que en medio del llanto vio que el cielo se ponía claro y pensó, sin querer pensarlo, «ahí viene». Y que desde entonces viene todas las mañanas a ver si viene otra vez.

Le pregunté si viene siempre. Se rio, bajito, como se ríen los viejos cuando uno pregunta algo obvio. «Viene siempre», me dijo. «Lo que no siempre viene es uno».

Eso me quedó dando vueltas todo el día. Porque es cierto, che. El sol sale igual, todos los días, aunque uno esté de mal humor, aunque uno haya peleado con la mujer, aunque uno tenga la cuenta del celular cortada. Sale igual. Y sin embargo hay mañanas en que uno ni se entera.

«Por la mañana, Señor, escuchas mi voz; por la mañana te presento mi súplica y espero». Lo busqué después, en el salmo cinco, porque don Cándido me lo había murmurado mientras cerrábamos la reposera y no lo entendí bien a la primera.

Lo leí dos veces. La parte que me trabó fue la última palabra: espero. No «canto», no «alabo», no «me levanto temprano para orar». Espero. Como si el asunto de la mañana no fuera hablar sino quedarse.

Al mediodía pasé por su casa a devolverle un destornillador que le había prestado la semana pasada. Estaba en la cocina, con la radio prendida en un noticiero, y me convidó un tereré. Le pregunté si no le aburría esperar todas las mañanas. Me miró raro, como si le hubiera preguntado algo en otro idioma.

«¿Aburrirme?», me dijo. «Si estoy esperando a que amanezca. ¿Vos te aburrís cuando esperás el colectivo?».

Y bueno, ahí me dejó pensando de nuevo. Porque el colectivo uno lo espera con bronca, mirando el reloj, puteando por lo bajo. Él espera el amanecer como el que espera a alguien que quiere ver.

Me fui tipo tres de la tarde, con el destornillador devuelto y una vergüenza nueva encima. Pensé en mi propia costumbre de rezar: rápido, de compromiso, con la conciencia de que estoy cumpliendo. Como el que le manda un mensaje de audio de diez segundos a la madre para que no se queje.

A la noche, ya en casa, le mandé un mensaje a mi hermana, que hace meses que no hablamos por una pavada, una discusión por la herencia de la casa de mi abuela. Le escribí cualquier cosa, un saludo, sin pedir nada. No me contestó todavía. Pero lo mandé.

Y hoy, viernes, me levanté a las cinco otra vez. No voy a decir que fue por don Cándido, ni que aprendí una lección, ni nada de eso. Me levanté porque a las cinco menos cuarto ya estaba despierto y me acordé de que el agua caliente se hace rápido si uno la pone antes. Salí a la vereda con el termo y me senté en el escalón. El cielo estaba negro todavía. Esperé.

A las seis menos diez apareció la primera línea anaranjada por el lado del río. Y no sé, me pareció que valía la pena haberse levantado. Nada más que eso.