Ese momento en que la oración se vuelve pregunta

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oración al amanecer junto al río
Foto: Israel Torres / Pexels (CC0)

¿Por qué a veces la oración se siente como un eco que se pierde en el ruido del día? Mirá, el lunes 2 de noviembre de 2026 me desperté con esa inquietud pegada a la cabeza, como si una nube de dudas hubiera decidido instalarse en mi habitación. No era una crisis teológica, era más bien un hormigueo, una sensación de que las palabras que yo le susurro al Señor no llegan a ningún lado. Sentí que la rutina había convertido la charla con Dios en una lista de “buenos días” y “gracias”, sin más. Esa sensación me dejó pensando si la fe necesita un “reset” o si es algo que simplemente se desgasta con el tiempo.

Antes, yo creía que la constancia era la clave. Desde que empecé a asistir al grupo de estudio bíblico en la iglesia de San Lorenzo, a los 27 años, me repetía que la disciplina espiritual era como el entrenamiento de un atleta: más sudor, más resultados. Pero el otro día, mientras estaba en la oficina de la empresa “Tecnología del Norte”, a las 17:45, escuché a mi colega decir que no había sentido nada especial al orar antes de una reunión importante. Eso me hizo replantearme si la “eficacia” de la oración depende del contexto o de la intención. Pensá, ¿es posible que la fe sea tan frágil como una señal de Wi‑Fi que se cae justo cuando más la necesitás?

El detonante real fue una conversación con mi hermana Ana, que vive en Asunción, el 15 de octubre. Nos encontrábamos en el café “El Buen Café” de la avenida Mcal. López, y ella me confesó que, tras la pérdida de su empleo en la empresa de transportes “Río Verde”, había dejado de rezar porque sentía que sus lágrimas eran “solo ruido”. Yo le conté que, la semana anterior, había leído en el devocional de la mañana (el de la editorial Vida Nueva, edición 2026) un pasaje que hablaba de “orar sin cesar”. Pero la pregunta que quedó flotando era: ¿cómo orar cuando el corazón está quebrado? Esa noche, al volver a mi casa, revisé la Biblia abierta en Salmos 42:1‑2 y anoté el versículo, pero no supe si era un consuelo o una provocación.

“Como el ciervo anhela corrientes de agua, así clama por ti, oh Dios, mi alma.”

Ese versículo me acompañó mientras caminaba por la ribera del río Paraguay, bajo un cielo que empezaba a teñirse de naranja. El sonido del agua me recordó que la creación también “habla” en sus susurros. Sentí que la oración podía ser tan simple como observar esa corriente, pero al mismo tiempo, la duda seguía ahí, como una piedra bajo la superficie que no quería salir. Mirá, la vida misma a veces nos empuja a buscar respuestas en los lugares más inesperados.

En la reunión de la célula del 28 de octubre, en la casa de mi tía Rosa, escuchamos a Carlos, un joven que había regresado de su misión en la zona de Itapúa. Él compartió que, durante una noche de tormenta, mientras rezaba en su tienda de campaña, sintió una paz que no podía describir. Sin embargo, confesó que, al día siguiente, volvió a sentir la misma inquietud que yo describía. Eso me hizo preguntarme si la paz es un estado permanente o una visita puntual. La idea de que la fe pueda ser una serie de “visitas” me dejó con la sensación de estar buscando una señal que tal vez nunca llegue.

Che, eso no lo tengo claro.

Después de la celda, me senté a escribir en mi cuaderno de 200 guaraníes, el que uso para anotar versículos. Escribí: “¿Es la oración una conversación o un monólogo?”. Mientras lo hacía, recordé que el pastor de mi iglesia, el hermano Martín, siempre dice que la oración es “el latido del corazón del creyente”. Pero si el corazón late sin ritmo, ¿qué sentido tiene? Esa pregunta quedó flotando en el aire de mi habitación, mientras la luz de la lámpara de mesa parpadeaba.

Ayer, al pasar por la calle 15 de Mayo, vi una placa que anunciaba una charla sobre “Fe y trabajo” en la universidad Nacional de Asunción, programada para el 12 de noviembre. Me pregunté si asistiría, porque quizá escuchar a otros que también luchan con la misma duda me ayudaría a entender algo. Al mismo tiempo, temía que la charla fuera otro intento de “llenar” la duda con palabras bonitas sin responder lo que realmente me inquieta. La decisión quedó suspendida, como una promesa que aún no se ha cumplido.

En este punto, mi respuesta provisional es seguir hablando con Dios, aunque no sepa si me está escuchando. Voy a intentar rezar en silencio, sin fórmulas, tal vez en la madrugada cuando el canto de los grillos se mezcla con la brisa. No sé si eso cambiará algo, pero al menos me parece una forma de no rendirme ante la incertidumbre. La duda, al fin y al cabo, es parte del viaje, y tal vez el viaje sea lo que realmente importa.

Así que la pregunta sigue viva: ¿Es necesario que la oración tenga una respuesta clara, o basta con la certeza de que el Señor está presente, aunque no lo percibamos? Esa incertidumbre me acompaña mientras cierro los ojos y escucho el susurro del viento entre los árboles. La Escritura me recuerda que “el Señor está cerca de los quebrantados de corazón” (Salmo 34:18), pero no me dice si esa cercanía se traduce en una señal visible o en una paz que solo el corazón reconoce. Tal vez nunca llegue a saberlo, y eso también forma parte del misterio.