La cinta negra en el portaretrato de la despensa de Ña Estela
Hoy es viernes, 25 de septiembre de 2026. A eso de las cuatro y media de la tarde, el calor acá en San Lorenzo se puso bastante pesado. Entré a la despensa de Ña Estela, sobre la calle Manuel Ortiz Guerrero, a comprar un litro de leche y un pedazo de queso Paraguay para el tereré de la tarde. En el mostrador de madera de cedro, justo al lado de la balanza digital donde pesa el fiambre, tiene desde hace tres años el portaretrato de Mateo, su hijo menor, que falleció en un accidente de moto sobre la Ruta PY02 cuando volvía de trabajar.
Hoy noté algo distinto. Al lado del retrato de Mateo no estaban los habituales folletos de ofertas ni las facturas de la luz. Había tres hojas impresas en blanco y negro, abrochadas con un ganchito oxidado. Era un artículo que bajó de noti-prensa.com sobre un libro titulado Abrazada, una obra escrita justamente para acompañar el duelo de madres que perdieron a sus hijos. Ña Estela estaba sentada en su silla de cable, con un resaltador Faber-Castell amarillo en la mano, subrayando renglón por renglón con una lentitud que daba dolor de ver. Me miró, dejó el resaltador sobre la mesa y me dijo con esa voz pausada que junta años de cansancio: "Mirá, lo que más me duele no es la ausencia en sí, que ya es un pozo ciego; lo que más me agota es la gente que viene acá a comprar pan y me suelta frases hechas para intentar consolarme".
Me quedé callado un momento. Me contó que la semana pasada vino un vecino de la otra cuadra y le dijo que «Dios se llevó a Mateo porque necesitaba un ángel en el cielo», y que otra señora del barrio le sugirió que «ya pasaron tres años, tenés que dejarlo ir y estar alegre porque él está en un lugar mejor». Escuchar eso me dio una mezcla de vergüenza ajena y de tristeza profunda. Nos cuesta tanto convivir con el dolor ajeno que preferimos tirar encima un baldazo de teología barata con tal de no tener que quedarnos parados al lado del que sufre.
En nuestros entornos creyentes pasa muchísimo esto. Pareciera que le tenemos pánico al silencio y al luto. Cuando vemos a alguien roto por una pérdida, nos entra un apuro neurótico por arreglar la situación, como si la fe fuera un taller mecánico donde uno entra llorando y tiene que salir cantando coritos a los diez minutos. Pensamos que si dejamos que el dolor se manifieste sin filtros, estamos fallándole a Dios o demostrando una falta de confianza en la resurrección. Y es un error gravísimo que termina aislando a las personas en el momento exacto en que más necesitan un abrazo sincero.
Fijate en la historia de Job. Cuando a ese hombre se le vino el mundo abajo, cuando perdió a sus hijos, sus bienes y su propia salud en un solo día, vinieron sus tres amigos: Elifaz, Bildad y Zofar. Hicieron un viaje larguísimo para ir a acompañarlo. La Biblia dice en el libro de Job, capítulo 2, verso 13, algo que me parece una de las escenas más potentes de todo el texto sagrado: «Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande». Siete días enteros en absoluto silencio. Ese fue el único momento en que esos tres hombres actuaron con verdadera sabiduría. Mientras se quedaron callados, compartiendo el polvo, la ceniza y el peso del drama, fueron verdaderos hermanos. El problema empezó después, cuando abrieron la boca para intentar darle explicaciones teológicas a Job sobre por qué le pasaba lo que le pasaba.
En cuanto empezaron a teorizar sobre el sufrimiento, a buscar culpables y a pronunciar discursos espirituales impecables pero insensibles, se transformaron en un martirio peor que la propia enfermedad de Job. Nos pasa exactamente lo mismo. Nos cuesta horrores entender que hay momentos donde la mejor declaración de fe es el silencio respetuoso, una cebada de mate en silencio o simplemente sostener una mano sin decir absolutamente nada.

Foto: Dario Fernandez Ruz / Pexels (CC0)
Pensá también en la escena del evangelio de Juan, cuando Jesús llega a la tumba de su amigo Lázaro. Jesús sabía perfectamente lo que iba a hacer en los próximos cinco minutos. Sabía que iba a llamar a Lázaro hacia afuera y que el hombre saldría caminando por su propio pie. Tenía la victoria total sobre la muerte a un par de frases de distancia. Sin embargo, cuando vio a Marta y a María llorando, y a los vecinos desconsolados, no les dijo: «No lloren, no sean incrédulas, miren lo que voy a hacer ahora para la gloria de Dios». No dio un sermón. No se puso a dar una lección sobre la vida eterna. El texto bíblico, en Juan 11:35, registra la oración más corta y más humana de todas: «Jesús lloró».
El Hijo de Dios se tomó el tiempo de conmoverse, de sentir el gusto amargo de las lágrimas en la boca, de validar la tristeza de esas dos hermanas antes de cambiar la realidad. Si el mismo Jesucristo no esquivó la emoción del luto ni pretendió apurar el proceso emocional de la gente que amaba, ¿de dónde sacamos nosotros esa manía de querer secar las lágrimas de los demás a la fuerza?
Viví durante mucho tiempo con esa idea equivocada de que estar firme en la fe significaba tener una sonrisa permanente troquelada en el rostro, pase lo que pase. Que si se muere un familiar, si quebrás en el trabajo o si te dan un diagnóstico médico difícil, tenés que poner «cara de victoria». Qué mentira más pesada nos vendimos a nosotros mismos. La fe no es insensibilidad. La fe no te convierte en una estatua de mármol inmune a los golpes de la vida. Al contrario, una fe madura te abre la piel, te hace sensible a la tragedia humana y te da la capacidad de llorar con ganas sin sentir que le estás fallando al Creador.
El artículo que Ña Estela leía en su despensa apuntaba justo a eso: a la necesidad de crear espacios donde las madres en duelo puedan hablar de sus hijos sin que nadie las interrumpa con consuelos présticos, donde puedan decir «hoy me cuesta levantarme» sin que un hermano en la fe las acuse de falta de devoción. Vivir en comunidad debería ser eso: un refugio donde uno pueda llegar desgarrado y encontrar un par de hombros dispuestos a cargar parte del peso, sin juzgar el tiempo que tarda la herida en cicatrizar.
Si tenés a alguien cerca que está pasando por un tiempo oscuro —ya sea por la pérdida de un hijo como Ña Estela, un divorcio doloso o una enfermedad larga—, no le mandes mensajes en cadena de WhatsApp con imágenes animadas ni versículos sueltos pegados sin contexto. Tampoco le des consejos sobre cómo debería sentirse o qué tendría que hacer el mes que viene.
Si querés ayudar de verdad a partir de mañana mismo, hacé algo simple y concreto. Caé a su casa con una bandeja de comida hecha por vos, para que no tenga que preocuparse por cocinar. Decile: «Vine a lavar los platos» o «fui al supermercado y te traje esto». Si no quiere hablar, sentate en el corredor a tomar unos mates sin exigir conversación. Quedate ahí. Que sienta tu presencia física, no tu discurso. Mencioná el nombre de la persona que ya no está; a las familias en duelo les duele el doble el silencio cobarde de la gente que evita nombrar al difunto por miedo a ponerlos tristes. Hablar de ellos es honrar su paso por nuestra vida.
Es así nomás, la vida misma nos va enseñando que el consuelo verdadero casi nunca lleva signos de interrogación ni explicaciones teológicas. Lleva compañía, tiempo y mucho respeto por el dolor del otro.