La fe que se nota en los detalles chiquitos
La vida da vueltas. Lo que hoy duele, mañana puede tener sentido. Lo que hoy parece un final, mañana puede ser un comienzo. Cuestión de tiempo, de fe, de seguir caminando aunque no se vea el destino. Lo importante es no quedarse quieto.
Leí en algún lado que el alma tiene hambre de silencio. Y es cierto. Pasamos el día rodeados de ruido: notificaciones, bocinas, conversaciones, televisión. El silencio incomoda porque en el silencio te encontrás con vos mismo. Y a veces ese encuentro es incómodo. Pero es necesario.
Conocí gente que tiene todo el dinero del mundo y no tiene paz. Y conocí gente que apenas llega a fin de mes y está genuinamente feliz. La plata ayuda, sí, pero no compra lo que realmente importa: salud, amor, paz interior.
Hay heridas que no se ven. Las que no sangran. Las que llevamos adentro y no mostramos porque no hay curita que las tape. A veces las arrastramos años. Pero sanar no es olvidar, es aprender a llevar la cicatriz sin que duela. Y eso también lleva tiempo.
La vida no siempre da lo que uno pide, pero siempre da lo que uno necesita. A veces la respuesta es no, y ese no abre una puerta que uno no veía. Otras veces el silencio es la respuesta más clara que existe. Aprender a escuchar es parte del camino.
La rutina puede ser un refugio o una cárcel. Depende de cómo la vivas. Si la rutina te da paz y orden, es un refugio. Si te quita la vida y la alegría, es una cárcel. Evaluar de vez en cuando si estamos viviendo o simplemente funcionando es importante.
Hay una cosa que aprendí tarde: no todo requiere mi opinión. Puedo ver algo, sentir algo, y simplemente dejarlo estar. No todo es un debate, no todo necesita mi intervención. A veces lo más maduro es quedarse callado y observar.
A veces estamos tan ocupados mirando lo que nos falta que no vemos lo que tenemos. La salud, la familia, el techo, la comida. No hace falta tener mucho para agradecer. Solo hace falta detenerse un momento y mirar alrededor. La vida está llena de cosas simples que valen oro, pero las pasamos por alto porque andamos corriendo.
Me di cuenta de que las mejores conversaciones que tuve en la vida no fueron planificadas. Fueron esas charlas espontáneas a las 2 de la mañana, esas caminatas donde todo fluía, esas meriendas que se extendieron hasta la cena. La magia no se planifica.
El otro día me desperté a las 5 de la mañana sin querer. Salí al balcón y el cielo estaba pintado de rosa y naranja. No había nadie en la calle, solo el sonido de los pájaros. Me quedé ahí diez minutos sin hacer nada, solo mirando. Y sentí una paz que no sentía hace mucho.
No todo se resuelve con prisa. Algunas cosas necesitan tiempo. Como la fruta en el árbol, hay que esperar que madure. Forzar no sirve. Confiar, sí. Y mientras tanto, vivir. Porque la vida no pasa solo cuando llegamos al destino, pasa también en el camino.
A veces la gente que más sonríe es la que más carga por dentro. Aprendí a no juzgar a nadie por lo que muestra. Todos tenemos una historia que no contamos, un dolor que no vemos. Un poco de amabilidad nunca está de más.
A veces uno cree que la fe es tener certezas. Pero la fe verdadera es seguir caminando cuando no ves nada. Es poner un pie delante del otro sin saber dónde termina el camino. Y confiar en que alguien más grande que uno va marcando la ruta. Eso no es debilidad, es valentía.
Ojalá esta reflexión te sirva tanto como a mí al escribirla.
Contenido original para Steemit.

