Página 412, una mancha de café y el vapor del mate
Son las cinco y cuarenta de este martes 3 de noviembre de 2026 y la pava Orbis ya empieza a dar ese primer chiflido corto en la hornalla del medio, ese sonido agudo que se clava en el silencio de la cocina antes de que reviente el hervor. Afuera todavía no aclaró del todo acá en San Lorenzo; el cielo tiene esa tonalidad gris plomo que se junta con el vapor de la tierra húmeda del patio y parece flotar sobre el techo de chapa sin ganas de retirarse.
Tengo la mano derecha apoyada sobre la mesada de Fórmica verde, sintiendo el frío que junta el plastificado durante toda la madrugada. Hay una mancha circular de café viejo justo al lado de la tapa de la jarra, una marca marrón medio borrada que se quedó ahí desde el sábado porque nadie se tomó el trabajo de refregar con la virulana. Mirá cómo son las cosas, una simple marca redonda en la madera enchapada te retiene la vista más tiempo del que deberías admitir.
Frente a mí está la Reina-Valera 1960 abierta en el capítulo treinta de Isaías, la edición con tapa de cuerina negra que me regaló mi hermana en el 2018 y que ya tiene el lomo despegado en la parte de abajo. La cinta marcadora de tela roja cuelga suelta hasta tocar la miga de pan seco que quedó de la merienda de ayer. El papel fino de la Biblia —ese papel casi transparente que parece que se va a romper si le pasás el dedo con un poco de prisa— se levanta apenas un milímetro cada vez que entra una brisa helada por la rendija del marco de la ventana.
Un reptil chiquito, una salamanquesa verde agua de no más de cuatro centímetros, está clavada al lado del calendario de pared del taller mecánico que quedó colgado con un clavo torcido. No se mueve. Pensá en esa inmovilidad casi exagerada, ese quedarse suspendido esperando no sé qué cosa mientras la luz del foco de cuarenta vatios le saca un reflejo brilloso en el lomo. Si no fuera porque a veces le tiembla la garganta con un latido diminuto, jurarías que es de plástico.
A dos cuadras de casa, sobre Calle Manuel Ortiz Guerrero, retumba el motor pesado de un colectivo de la Línea 27 que va frenando en la esquina. Es un temblor bajo, una vibración que entra por los baldosines del piso de la cocina y te sube por las pantorrillas como una sacudida suave que afloja las latas que guardo arriba del ropero. El ruido se va alejando despacito, perdiéndose hacia el centro de la ciudad hasta que lo único que vuelve a quedar es el goteo del canilla del patio trasero golpeando contra el balde de plástico azul.

Foto: Chris Liu / Pexels (CC0)
El agua de la pava termina de romper en hervor y el silbato de bronce chillón ocupa cada rincón de la pieza. Levanto el brazo, apoyo los nudillos en la perilla de plástico negro de la cocina y le doy la vuelta hasta escuchar el clac que corta la llama azulejada. La llama se apaga de golpe, dejando ese olor rancio a gas garrafa que siempre queda flotando en el aire un par de segundos antes de mezclarse con el humo dulce del agua hervida.
Con la mano izquierda busco la yerba mate en la lata de galletitas que uso de recipiente y vuelco un puñado generoso adentro de la guampa de palo santo. El polvo fino de la yerba vuela un poco en la penumbra de la mesa, cayendo como una harina verde sobre el margen inferior de la página cuatrocientos doce de la Escritura. Pasé el pulgar despacito sobre la hoja para limpiar el polvo sin arrugar el papel, rozando la raya hecha a birome roja que marca el versículo quince. "En quietud y en confianza será vuestra fuerza", dice ahí en letras chiquitas, con mi propia letra torcida anotada al costado hace años con tinta azul descolorida.
La verdad que hay días donde la cabeza no quiere ponerse a teorizar ni a sacar conclusiones teológicas de nada, es así nomás. Uno se queda mirando el vapor denso que sale del pico de la pava y sube recto hacia el tirante de madera del techo, doblándose apenas cuando choca contra la sombra de la lámpara. Sentí ese calorcito en la palma de la mano cuando agarro la jarra para servir el primer chorro de agua caliente sobre la bombilla de alpaca.
El sonido del agua hirviendo cuando penetra en la yerba seca produce un siseo corto, esponjoso, como si la planta guardada estuviera respirando por primera vez en semanas. Abajo, en el patio, un perro desconocido ladra tres veces con un chasquido sordo y se vuelve a callar. En la cocina no hay radio prendida, no hay televisor de fondo, no hay ningún mensaje sonando en el teléfono que dejé cargando sobre la heladera Philco con el cable retorcido.
La salamanquesa de la pared da dos pasos rápidos hacia la izquierda, cruzando la sombra del número tres del almanaque, y se detiene otra vez con el lomo pegado a la pintura gastada. Le miro la sombra proyectada en el revoque y me doy cuenta de que el día ya empezó a entrar por la ventana del costado, desdibujando la luz amarilla del foco y pintando de un blanco ceniza las hojas abiertas del libro sobre la Fórmica.
La guampa echa un humo delgado que sube en espiral, doblándose en el aire limpio de la cocina mientras las hojas del texto permanecen inmóviles bajo mi mano.