Hoy escuché a mi hijo de nueve años dar una instrucción y me quedé helado

in #spanish • 7 days ago

Hoy a la mañana, mientras desayunábamos, mi hijo le dijo a su hermano menor: "no, así no, hacelo de esta otra forma, mirá". Y le mostró. Sin gritar, sin repetir tres veces, sin levantar la voz. Le mostró con las manos cómo se hacía y el chico lo hizo. Me quedé con la taza de café a medio camino de la boca, porque yo vengo hablando de liderazgo en reuniones desde hace años y este pibe de nueve años resolvió en diez segundos lo que a mí me cuesta una hora de sala con proyector.

La cuestión no es que el nene sea un genio. La cuestión es que le mostró. No le dio una charla sobre la importancia de hacer las cosas bien, no le explicó el proceso, no le habló de resultados esperados. Le mostró con el ejemplo, ahí mismo, con el plato de cereal todavía en la mesa. Y el otro entendió porque vio, no porque escuchó.

Me quedé pensando en eso todo el día. En mi trabajo, en la inmobiliaria, tengo la costumbre de explicar. Explico la estrategia, explico por qué conviene mostrar una propiedad de tal manera, explico por qué la foto de la fachada va primero y la del patio después. Y después de explicar tanto, muchas veces me doy vuelta y veo que nadie hizo lo que pedí, o lo hizo a medias, o lo hizo de otra forma. Y me enojo. Y vuelvo a explicar.

Ojo, no estoy diciendo que explicar esté mal. Lo que estoy diciendo es que a veces usamos la explicación como escudo. Explicamos para no tener que hacer nosotros, para no tener que mostrar con las manos cómo se hace. Es más cómodo dar una instrucción de diez minutos que sentarse al lado de alguien y hacer la tarea juntos una vez, despacio, con errores incluidos.

El otro día me pasó algo parecido con un compañero que recién arranca. Le dije "tenés que llamar al cliente y hacer el seguimiento". Y a los dos días me enteré de que no había llamado porque no sabía qué decir después del saludo. No sabía cómo arrancar la conversación, qué preguntar primero, cómo cerrar sin sonar desesperado. Y yo, que llevo años haciendo esas llamadas casi sin pensar, nunca me senté a mostrarle cómo se hace una. Nunca le dije: mirá, yo llamo y vos escuchás. Después al revés.

Eso es lo que me tiene pensando desde la mañana. La diferencia entre decir y mostrar. Y lo difícil que es, para el que ya sabe hacer algo, volver al lugar del que no sabe. Porque uno ya tiene los movimientos incorporados y se olvida de que hubo un tiempo en que no los tenía. Se olvida de que alguna vez también levantó el teléfono con las manos transpiradas.

un padre sentado en el piso junto a su hijo, mostrándole con las manos cómo ordenar un rincón del cuarto
Foto: Vitaly Gariev / Pexels (CC0)

En mi casa pasa lo mismo con las tareas. "Ordená tu cuarto" es una instrucción vacía si nunca te sentaste con el chico a ordenar un cajón. Y lo digo por experiencia propia, eh. Yo lo hice mal durante años. Daba la orden desde la puerta y me iba. Después volvía, veía el desastre y me quejaba. Hasta que un día me quedé, me senté en el piso con él y le dije: bueno, empecemos por este rincón, ¿qué te parece si los autos van todos juntos acá? Y funcionó. No la primera vez, pero funcionó. Y de paso pasamos un rato juntos, que eso también cuenta.

Lo mismo pasa en una iglesia, en un club, en un grupo de cualquier tipo. El que dirige muchas veces da la consigna desde arriba y se sorprende de que los demás no la ejecuten con el mismo entusiasmo que él. Pero el entusiasmo no se contagia por discurso. Se contagia por presencia. La gente sigue al que se arremanga, no al que reparte tareas desde un escritorio.

Yo no tengo esto resuelto. Que quede claro. Hoy mismo me di cuenta de que en la reunión de la tarde repetí tres veces la misma instrucción esperando que en la cuarta alguien la entendiera. Y no, la cuarta tampoco sirvió. Lo que sirvió, al final, fue acercarme a la persona, sentarme al lado y decirle "mirá, te muestro cómo lo hago yo". Diez minutos. Nada más que diez minutos. Y salió.

Si algo me llevo de este lunes es esto: antes de dar una instrucción, preguntarme si lo que estoy pidiendo se puede mostrar en lugar de decir. Si la respuesta es sí, mostrar. Sentarse al lado, hacerlo juntos una vez, dejar que el otro se equivoque con uno mirando. Suena más lento. Y es más lento, seguro. Pero lo que se aprende así no se olvida, y lo que se pide así se cumple sin necesidad de repetirlo.

Mañana tengo otra reunión. Ya estoy pensando en qué parte de mi discurso puedo convertir en un gesto, en una demostración de dos minutos, en algo que se vea y no solo se escuche. No sé si me va a salir. Probablemente me olvide a mitad de camino y vuelva al modo explicación, que es mi zona de confort. Pero vale la pena intentarlo.

Al final el que enseñó fue el de nueve años, con un plato de cereal y sin tanta vuelta.