La primera lección del día llegó antes del café

Foto: cottonbro studio / Pexels (CC0)
Miércoles, 5:50, la cocina todavía a oscuras y el termo que no cierra bien.
5:58. Me levanto antes que la alarma porque a esta altura del año el cuerpo ya sabe. La casa duerme y yo aprovecho esos veinte minutos para leer. Hoy me topé con un titular sobre liderazgo femenino y los sesgos que todavía frenan el ascenso de las mujeres en las empresas. No lo leí entero, lo confieso, pero me quedé con la idea dando vueltas mientras calentaba el agua. En mi rubro, el inmobiliario, las que más venden muchas veces son mujeres y las que menos aparecen en la foto de la oficina también. Siempre me pareció raro, nunca me puse a pensarlo en serio hasta hoy.
6:40. Salgo rumbo a la oficina y me agarra el primer cliente del día por teléfono. Una consulta por un alquiler, nada del otro mundo. Lo que me llama la atención no es la consulta sino cómo la hace: pregunta tres veces lo mismo con distintas palabras, como si probara si le voy a mentir. Yo hago lo mismo cuando desconfío de alguien que me quiere vender algo. Nos damos cuenta de eso mucho después, cuando ya aprendimos a cuidarnos.
8:15. En la oficina se arma la reunión de los miércoles. Y acá va lo que vengo pensando desde ayer: hay una diferencia enorme entre alguien que dirige y alguien que manda. El que manda necesita que lo miren; el que dirige necesita que el equipo mire hacia adelante. Suena a frase de calendario, ya sé, pero lo vi pasar tantas veces en la inmobiliaria que dejó de sonarme a frase hecha hace rato. El que manda se ofende si le discutís una idea. El que dirige se queda callado un segundo y después pregunta: ¿por qué lo ves así? Y ese segundo de silencio vale más que la reunión entera.
10:30. Me acuerdo de algo que leí hace unos días, de un tal Ventosa, que decía que nos piden licencia para conducir pero no para dirigir el futuro de un país. Me quedó grabado. No porque esté de acuerdo con todo, sino porque tiene razón en algo incómodo: para manejar un auto te examinan, para criar un hijo o para llevar adelante un equipo, no. Uno aprende a los golpes, mirando, copiando lo bueno y repitiendo lo malo sin darse cuenta. Yo copié muchas mañas de gente que admiraba y todavía me pregunto cuáles de esas mañas no eran virtudes sino costumbres.
12:00. Almuerzo rápido con los chicos de la oficina. Uno de ellos, joven, me pregunta cómo hago para no perder la paciencia con los clientes difíciles. Le contesté la verdad: no la pierdo, la escondo. Y me reí porque sonó peor de lo que quería. Lo que aprendí es que la paciencia no se tiene, se practica. Como ir al gimnasio. Al principio duele y después se vuelve costumbre, y cuando te querés acordar ya no estás haciendo un esfuerzo, estás siendo vos.
15:20. Llega un matrimonio a ver una propiedad. Ella pregunta por la orientación de la casa, por los vecinos, por la escuela del barrio. Él pregunta por el precio y por los papeles. Los dos preguntan lo mismo desde lugares distintos, y eso me hizo pensar en cómo cada uno dirige su vida desde lo que le importa. No hay uno mejor que el otro. Hay dos maneras de cuidar. Me quedé con eso dando vueltas mientras cerraba la puerta del portón.
17:45. Vuelvo a casa y mi hijo me espera con una pregunta que no tiene nada que ver con lo que traía en la cabeza. Me pregunta por qué a veces el cielo se pone naranja. Le digo la verdad: no lo sé bien. Y nos quedamos los dos mirando por la ventana un rato. Hay algo en no tener todas las respuestas que me tranquiliza más de lo que debería. En mi trabajo todo el mundo espera que sepa. En mi casa me permiten no saber.
19:30. Cena. La mesa siempre es el mismo lío de siempre: alguien no quiere comer lo que hay, alguien se pelea por el último pedazo de pan, alguien cuenta algo del colegio a los gritos. Y en medio de ese ruido pienso en lo que leí esta mañana sobre los sesgos y el liderazgo. Porque el liderazgo más difícil no es el de la oficina. Es este. El que no se ve en ninguna foto, el que nadie aplaude, el que se ejerce todos los días sin licencia ni examen, y del que igual te acordás dentro de veinte años.
21:00. Los chicos duermen. Me quedo un rato en el patio, con el teléfono apagado, mirando cómo se apaga el día. Mañana vuelve a empezar todo: la alarma, el termo, la primera consulta, la reunión de los miércoles. No sé si estoy dirigiendo bien mi propia casa o mi propio trabajo. Lo que sé es que hoy, por lo menos, escuché más de lo que hablé. Y eso, para mí, ya es un buen día.