El silencio del atardecer en San Lorenzo

Foto: Giona Mason / Pexels (CC0)
Lunes 14:30, en la cocina de mi casa en Asunción.
15:00, en la sala de estar. Salmo 23:1 – “El Señor es mi pastor; nada me faltará.” En mi experiencia, esas palabras son más que un consuelo; son una afirmación que retumba cuando el ruido del día se apaga. Hoy, mientras revisaba los libros de los niños, escuché a mi hija menor recitar ese versículo sin saber su significado y me di cuenta de que la fe se siembra en los momentos más simples. Ojalá todos pudiéramos detenernos a escuchar esa quietud.
15:30, en el jardín trasero. Mateo 6:33 dice: “Mas buscad primeramente el reino de Dios…” Me encontré mirando el rosario de flores que germinó en la tierra después de la lluvia de ayer. En mi experiencia, el Señor nos llama a priorizar su reino incluso cuando la vida nos empuja a los quehaceres cotidianos. Decidí sentarme bajo el árbol de mango y orar por mi hermano Carlos, que está en la cárcel de Caacupé; le pedí que sienta la luz aun en la sombra de esas paredes.
16:10, en la vereda del barrio San Lorenzo. Proverbios 3:5‑6 – “Confía en el Señor con todo tu corazón…” Me encontré con la hermana María, que vendía empanadas en la esquina del 8 de Diciembre. Compartimos una charla corta; ella me contó que su hijo de 7 años había enfermado la semana pasada. Le recordé que confiar no es ignorar la preocupación, sino entregar la carga al Señor mientras actuamos. Le ofrecí acompañarla al médico del centro y, sin saber, sentí que la fe se vuelve palpable en esos actos de servicio.
16:45, en la oficina del centro comunitario. Efesios 4:2 – “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.” Hoy, mientras organizaba la distribución de paquetes de alimentos para 32 familias, recordé que la humildad no es ausencia de orgullo, sino reconocimiento de nuestra dependencia del Creador. Un joven llamado Rodrigo, de 19 años, se ofreció a ayudar con la logística; su entusiasmo me recordó que la generación joven necesita ser nutrida con la verdad de la Escritura, no solo con palabras vacías.
17:20, en la carretera de regreso a casa. Salmo 46:10 – “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.” El tráfico entre Asunción y San Lorenzo se volvió un cauce de frustración, pero el sonido del motor me invitó a meditar. Mientras el coche avanzaba 3.7 km por la ruta, escuché el latido de mi propio corazón y pensé en la quietud que el Señor ofrece en medio del ruido. A veces, la señal de alto es una bendición disfrazada.
17:55, en la cocina mientras preparo la cena. Juan 15:5 – “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos.” Al picar cebolla, el aroma me trajo recuerdos de mi infancia en el campo de Ypacaraí, cuando mi madre rezaba antes de la cena. En mi experiencia, cada acción cotidiana es una rama que se aferra a la vid. Esa simple tarea se convirtió en una oración silenciosa, agradeciendo por el sustento y la oportunidad de compartir la mesa con mi familia.
18:30, en el porche mirando el atardecer. Salmo 19:1 – “Los cielos cuentan la gloria de Dios…” El cielo se tiñó de naranja y violeta, y pensé en cómo la creación revela al Creador sin necesidad de palabras. Mientras el sol se ocultaba detrás de la colina de San Lorenzo, sentí una paz que no se explica, solo se vive. Esa visión me recordó que la fe también se alimenta de la belleza que nos rodea.
19:10, en la mesa con hermano Carlos. Filipenses 4:6 – “No se inquieten por nada…” Compartimos una botella de jugo de mango y hablamos de sus planes al salir de la prisión el próximo 5 de diciembre. Le dije que la ansiedad no desaparece por arte de magia, pero que la oración le da un ancla. Carlos confesó que duda, y yo, sin pretender ser sabio, le recordé que la duda también es parte del caminar con Cristo.
19:45, en la habitación antes de dormir. 1 Pedro 5:7 – “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” Al apagar la luz, pensé en las palabras que le dije a mi esposa antes de acostarnos: que el Señor vela por cada detalle, incluso por el silencio de la noche. La noche paraguaya trae consigo el canto de los grillos; escucharlos es como una oración natural que nos envuelve.
20:15, en la cama, cerrando el día. Romanos 12:12 – “Gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración.” Mientras me recuesto, la mente sigue girando entre los versículos del día y las pequeñas bendiciones que se fueron revelando. No pretendo haber encontrado una fórmula, solo sé que el Señor está presente en cada paso, incluso cuando la rutina parece arrastrarnos. Y, bueno, tal vez mañana vuelva a la oficina con la misma pregunta: ¿cómo vivir la fe sin que se vuelva rutina? La respuesta, creo, está en seguir escuchando al Señor en los silencios.