Te vi cerrar ese cierre con los dientes y me acordé de mi primer viaje a Salta

in #travel • 12 hours ago

Che Mateo, te escribo esto porque ayer te vi sufriendo con el cierre de esa mochila Doite de 70 litros y me dio un calor ajeno tremendo. Estabas sentado en el piso del comedor de tu casa tratando de meter a la fuerza un tercer par de championes, dos camperas pesadas de abrigo y ese aislante inflable gigante que ocupa medio compartimento principal. Querés llevarte el departamento entero a cuestas para este viaje y te juro que antes de diez días me vas a mandar un mensaje de texto puteando desde alguna terminal de colectivo en el norte.

Vas a terminar regalando la mitad de las cosas a la orilla del camino.

mochila de mochilero abierta en el suelo rodeada de ropa
Foto: Ketut Subiyanto / Pexels (CC0)

Te lo digo con conocimiento de causa. Cuando salí por primera vez a mochilear desde la Terminal de Ómnibus de Asunción a fines de 2021 —con esa misma idea absurda de estar preparado para cualquier catástrofe planetaria— terminé cargando 19 kilos en la espalda. Cruzar el control de Puerto Falcón a mediodía, con 38 grados bajo el sol y la mochila hundiéndome las clavículas mientras hacía la fila de migración, fue la lección de humildad más rápida que me dio la ruta. Había pagado 180.000 guaraníes por el pasaje en un micro bastante viejo y a las cuatro horas de viaje ya quería tirar la mitad del equipaje por la ventanilla. La verdad es que tres cuartas partes de lo que guardás por las dudas no se usan jamás. Nadie necesita tres pares de calzados pesados para caminar por pueblitos, ni dos toallas de algodón que tardan tres días en secarse y terminan oliendo a humedad encerrada.

Mirá, hoy es lunes 2 de noviembre, hace un calor sofocante acá en la ciudad y vos salís el viernes hacia Bolivia. Si de verdad querés cuidar el presupuesto y no gastar de más en fletes o en pasajes de colectivo con recargos por bulto extra, empezá por sacarle peso a la espalda. Un par de zapatillas cómodas bien gastadas, tres remeras de algodón que se sequen fácil, dos pantalones livianos y una campera cortavientos para cuando subas a la altura. Nada más. En cualquier hostel de Sucre o de Potosí conseguís un pedazo de jabón por tres monedas para lavar lo que usaste en el día, y si de verdad te llega a hacer falta un buzo extra en la montaña, se lo comprás a una doña en la feria local por menos de seis dólares.

No precisás tener la vida resuelta antes de subirte al micro. La mitad del viaje consiste en improvisar con lo que hay a mano, y te aseguro que la incertidumbre viaja muchísimo más liviana que esa carpa de cuatro personas que ataste con sogas por afuera.