El cuaderno de matemática que se quedó abierto en la mesa toda la noche
Anoche, casi a las once, apagué la luz de la cocina y vi el cuaderno de matemática de mi hijo mayor abierto en la mesa, con la hoja a medio hacer y el lápiz atravesado encima como si alguien lo hubiera dejado ahí de rabia. No lo cerré. Me quedé mirando ese renglón incompleto un buen rato, con el vaso de agua en la mano, y me acordé de que a las siete de la tarde yo había dicho algo así como "después lo vemos". Después nunca llegó.
Esa es la trampa, ¿ves? Uno cree que la tarea se resuelve en el momento en que se sienta el chico a hacerla, pero la mitad del trabajo pasa antes, cuando uno decide si va a estar o no va a estar. Y yo ayer no estuve. Estaba en la casa, sí, pero no estaba.
Hay que tener paciencia, dicen. Y sí, pero también hay que estar. Suena obvio pero no lo es: la paciencia sin presencia es como una silla sin patas, se sostiene un rato y se cae.
Leí esta semana en las noticias, en una nota sobre un relevamiento que hicieron en Buenos Aires, que lo que más preocupa a las familias va cambiando según la edad de los hijos. Cuando son chiquitos preocupa el sueño, la comida, los berrinches. Cuando entran a la primaria, aparece la escuela. Y después, más grandes, aparece todo lo demás, lo que no se ve. Me quedé pensando que ese relevamiento retrata algo que en casa vivimos como en cámara lenta pero constante.
Con Tomás, que tiene once, este año la cosa se puso distinta. Ya no es la seño la que manda la tarea con una notita en el cuaderno. Ahora él administra sus tiempos, o eso cree, y a veces administra tan mal que a las diez de la noche está todavía con el libro abierto. Y ahí es donde uno se pregunta hasta dónde acompañar y desde dónde ya es meter la mano donde no corresponde.
Fijate que la otra nota que me llamó la atención trataba justamente de eso, del estrés de los padres y cómo eso se filtra en la crianza. La verdad que no necesitaba leerlo para saberlo, pero leerlo me hizo bien. Porque uno anda creyendo que es el único que llega cansado del trabajo y encima tiene que resolver ecuaciones de sexto grado con un chico que bosteza.
Y hay algo más. La presión por las notas. Escuché en la radio a dos especialistas que decían algo que me pareció sensato: que los chicos necesitan apoyo y seguridad, no presión constante por las notas. Lo anoté en un papelito que después perdí, pero me quedó la idea dando vueltas. Apoyo y seguridad. No presión. Parece fácil escrito así.

Foto: Annushka Ahuja / Pexels (CC0)
En casa probamos algo este año que nos sirvió más de lo que esperaba. En vez de preguntarle a Tomás "¿terminaste la tarea?", que es una pregunta que ya sabe cómo responder para salir del paso, le preguntamos "¿qué te falta?". Cambia todo. La primera invita a mentir un poquito. La segunda invita a pensar. No siempre funciona, ojo, hay días en que la respuesta es un gruñido y se termina ahí. Pero la mayoría de las veces abre una conversación de dos minutos que vale más que una hora de sermón.
Otra cosa que hicimos: definir un rato fijo, no para hacer la tarea, sino para estar disponibles. En casa son de siete a ocho. En esa hora yo no contesto el teléfono del trabajo, no reviso el grupo de la familia (que tiene como cuarenta mensajes por día, no exagero), no hago nada más que estar cerca. A veces Tomás no me necesita para nada, está con la carpeta y listo. Pero sabe que estoy. Y eso, me parece, le baja el volumen a la angustia.
Lo del cuaderno abierto me quedó dando vueltas toda la noche, te soy sincero. Pensé en cerrarlo y guardarlo, pero no. Lo dejé ahí. A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar, lo vio y me dijo sin que yo preguntara nada: "me quedé trabado en la seis". Y ahí, con la taza de leche en la mano, lo resolvimos en cinco minutos. Cinco minutos. Lo que no habíamos resuelto en toda la tarde anterior.
Si recién arrancás con esto de acompañar la tarea y no sabés por dónde empezar, yo empezaría por lo más simple: elegí un rato fijo, corto, de cuarenta minutos o una hora, y en ese rato estate de verdad. Sin pantalla, sin el grupo del trabajo. No tiene que ser perfecto. Si un día se cae, al día siguiente lo retomás. Y cambiá la pregunta: en vez de "¿terminaste?", preguntá "¿qué te falta?" o "¿dónde te trabaste?". Vas a ver que la conversación cambia de dueño.
Y si el chico se queda trabado, no le resuelvas el ejercicio. Preguntale cómo lo pensó. Noventa veces de cada cien el error está en el planteo, no en la cuenta. Ahí es donde uno puede ayudar de verdad, sin agarrar el lápiz y hacerlo por él, que es la tentación más grande que existe.
No tengo la fórmula. Cada casa es un mundo y cada chico también. Con el segundo, que tiene siete, todo esto es distinto y probablemente me equivoque en otra cosa. Pero de algo estoy seguro: el cuaderno abierto en la mesa a las once de la noche me estaba hablando a mí, no a Tomás. Me estaba diciendo que la tarea no era suya nomás.
Las anécdotas de este post son inventadas para ilustrar el tema; cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.