La mochila nueva que todavía no se usó y el lunes que viene
Compré una mochila nueva el sábado en el shopping de la avenida, esas que tienen rueditas y tres bolsillos. La dejé apoyada en la silla del comedor y ahí sigue, todavía con la etiqueta colgando. Mi hijo de 9 años la miró dos veces y no dijo nada. La última vez que le compramos mochila a mitad de año, fue porque la anterior se le rompió el cierre de tanto abrirla con el pie, y él mismo me contó, medio bajoneado, que la abría así porque siempre andaba apurado.
Ahí me quedé pensando, con la mochila nueva en la mano como un tonto. No es la mochila el problema. Es que estamos a martes 27 de octubre y el año escolar ya casi se termina, y a él le quedan tres semanas de clases más los exámenes. Comprar mochila nueva ahora es casi un chiste, pero la compré igual porque estaba en oferta y porque me pareció que algo tenía que cambiar antes de diciembre.
Me puse a revisar la mochila vieja esa misma noche, cuando él ya dormía. Encontré tres lápices sin punta, un cuaderno con la tapa arrancada, dos hojas de la prueba de sociales con nota 4, y una servilleta doblada con un dibujo hecho con lapicera. Un sol, un árbol, un perro grande. Me quedé un rato mirando ese dibujo.
La verdad que ahí entendí algo que vengo masticando hace meses, y es que cuando hablamos de escuela en casa, siempre terminamos hablando de notas. De la tarea cumplida, del boletín, de la seño que llamó. Y los chicos van guardando lo que pueden en ese rinconcito de la mochila, donde nadie mira.
Leí hace poco en las noticias sobre el programa Familia Gunea de un municipio de España, en Leioa, que retomaron para acompañar a las familias en la crianza. Y me quedé con una frase que decía algo así como que el acompañamiento tiene que ser con las familias, no sobre las familias. Me pareció bien dicho. Porque en casa uno tiende a hacer lo contrario: decidir por ellos, resolverles la tarea, armarles la mochila a las siete de la mañana mientras ellos desayunan mirando la tele.
Ojo, no estoy diciendo que los chicos tengan que armarse solos la mochila a los 9 años. Estoy diciendo otra cosa, más chica. Que hay una diferencia entre ayudar y reemplazar. Y que la mayoría de las veces, en casa, yo cruzo esa línea sin darme cuenta. Porque es más rápido, porque llegamos tarde, porque la tarea de matemática es un dolor de cabeza para los dos.
El otro día la nena de 7 me pidió que le revise la cartuchera antes de ir al cole. Le dije que la revise ella. Se puso a llorar. No porque fuera difícil, sino porque no estaba acostumbrada a que yo le dijera que no. Ahí me di cuenta de que el problema no era la cartuchera. Era que yo venía revisándola desde marzo sin que nadie me lo pidiera.

Foto: Dziana Hasanbekava / Pexels (CC0)
Fijate qué cosa. Uno cree que está siendo un buen papá porque revisa cartucheras, porque controla la tarea, porque sabe qué prueba hay el jueves. Y capaz que sí, capaz que algo de eso suma. Pero también hay un costo escondido, y es que ellos dejan de mirar por sí mismos. Y cuando llegan a fin de año, como ahora, se dan cuenta de que no saben armar una mochila solos.
Ayer se me ocurrió una cosa, medio improvisada. Le dije a mi hijo que la mochila nueva la estrenamos el lunes que viene, pero con una condición: él arma la lista de lo que va a llevar, la pega en la puerta del ropero, y el domingo a la noche me la muestra. Si falta algo, lo agregamos juntos. Nada más que eso.
Se quedó callado un rato y después me preguntó si podía ponerle un dibujo a la lista. Le dije que sí. Y ahí se fue corriendo a buscar la lapicera buena, la que tiene el capuchón azul que casi siempre pierde.
No sé si va a funcionar. Capaz que el domingo a la noche la lista tiene cuatro cosas y la mochila termina igual con tres lápices sin punta. Pero al menos la va a armar él, y de paso va a tener un dibujo suyo pegado en el ropero, donde yo lo voy a ver todas las mañanas antes de salir al trabajo.
Si querés probar algo parecido esta semana, yo empezaría por algo chiquito. Elegí una cosa sola que hoy hacés vos por ellos y que ellos podrían hacer sin peligro: la cartuchera, la lista de la mochila, poner la ropa del día siguiente sobre la silla. Avisales un día antes, la noche anterior, con calma. Y después dejá que se equivoquen. Que se olviden el cuaderno de música, que la cartuchera vaya sin goma. Un olvido se arregla al día siguiente. La costumbre de que papá siempre lo resuelve, no.
Con la nena de 7 todavía no me animo, te soy sincero. La cartuchera la sigue revisando ella, pero yo miro de reojo desde la cocina. Es un avance, supongo. O mejor dicho, es un primer paso, y los primeros pasos en esta casa siempre son medio torpes.
Las anécdotas de este post son inventadas para ilustrar el tema; lo que importa es la idea de fondo.