La seño pidió que los chicos se equivoquen en voz alta y nadie quería levantar la mano

in #familia • 11 days ago

Ayer a la tarde, en la reunión de padres del 4to grado, la seño Patricia puso una consigna que me dejó helado. Nos pidió a los papás que hiciéramos la tarea de matemática del pizarrón. Y que la resolviéramos en voz alta, adelante de todos. Se hizo un silencio largo, de esos que se sienten en la nuca. Nadie levantó la mano. Ni yo. Y tengo 35 años, che.

La seño se rió y dijo que eso era exactamente lo que le pasa a los chicos cuando ella pregunta en clase. Que levantan la mano los tres o cuatro de siempre y el resto se esconde detrás del cuaderno. Nos contó que en su clase de 28 alumnos hay nenes que no preguntan nunca, ni siquiera cuando no entienden nada, por miedo a quedar como el que no sabe.

Ahí me cayó la ficha. En casa, con mi hijo de 9, yo hago lo mismo sin darme cuenta. Cuando se equivoca en una cuenta, se lo corrijo rápido, casi sin dejar que termine la frase. No lo hago de malo, lo hago de apurado. Son las siete de la tarde, hay que bañarse, hay que cenar, mañana hay que madrugar. Y el pibe aprende que equivocarse es algo que conviene no mostrar.

Fijate que es un detalle chiquito, pero se acumula. Un nene que tiene miedo de errar en voz alta lee menos, pregunta menos, prueba menos. En la escuela se nota en las pruebas, pero en casa se nota en otra cosa: en cómo reacciona cuando le sale algo mal. Si se frustra y abandona, o si se queda pensando un rato más.

El lunes probé algo simple. Le dije a mi hijo que íbamos a hacer la tarea al revés: primero él inventaba un error a propósito y yo tenía que descubrirlo. Se tentó. Inventó que 7 x 8 era 54 y se moría de risa esperando que yo cayera. Yo me hice el tonto un rato. Después, sin que yo dijera nada, me preguntó por qué 7 x 8 daba 56 y no 54, y él mismo lo explicó con los dedos.

No es magia ni receta nueva. Es bajarle un cambio a la presión. Porque el apuro del adulto se le pega al chico y se convierte en una voz interna que le dice que equivocarse es peligroso. Y esa voz es la que después no lo deja levantar la mano en la clase de la seño Patricia.

papá y su hijo resolviendo cuentas juntos en la mesa de casa
Foto: Annushka Ahuja / Pexels (CC0)

Lo que me quedó dando vueltas es otra cosa, más de fondo. Nosotros pedimos que los chicos sean valientes, que pregunten, que prueben. Pero después nos ven a nosotros en la reunión de padres, mudos, con la tarea del pizarrón adelante, sin animarnos a escribir porque capaz nos equivocamos delante de las otras familias. Predicamos una cosa y hacemos la contraria. Y ellos miran.

Hay un dato que leí hace poco en una nota sobre crianza y rendimiento escolar y que me dejó pensando: las expertas decían que los chicos necesitan apoyo y seguridad, no presión constante por las notas. Me sonó obvio cuando lo leí, pero no lo es tanto cuando estás en la cocina a las siete de la tarde y la tarea no avanza. En el momento, la nota pesa más que la seguridad. Igual te digo, me lo anoté en el celular para releerlo los días difíciles.

Ojo con esto: no hablo de no exigir. Hablo de exigir sin hacer que cada error sea un drama. Que el chico sepa que equivocarse es parte del trabajo, no una falla de su cabeza. Mi viejo me decía que el que no se equivoca es porque no intenta, y tenía razón, aunque en su época lo aplicaba más con el cinturón que con la paciencia.

Si querés probar algo mañana mismo, yo empezaría por lo más simple: cuando tu hijo se equivoque en algo de la escuela, aguantate tres segundos antes de corregirlo. Tres segundos, nada más. Dejalo que se escuche, que piense, que se dé cuenta solo. Muchas veces se corrige antes de que llegues vos. Y si no se da cuenta, preguntale "¿y si lo revisás de nuevo?" en vez de "está mal".

Lo segundo que me sirvió fue algo que vi de casualidad. Hay un programa gratis en Miami, una academia para padres, que vi en las noticias, que justamente enseña estas cosas: cómo acompañar la tarea sin presionar, cómo hablar de las notas sin que sea un juicio. Me parece buena idea aunque esté lejos, porque el problema es el mismo en todos lados. Los papás no nacimos sabiendo esto, nadie nos enseñó. Aprendemos con ellos, a los golpes, y muchas veces nos sale mal.

Anoche, después de cenar, mi hijo me preguntó si podíamos hacer otra vez el juego del error. Le dije que sí. Y esta vez, cuando inventó que 9 x 6 era 52, no se rió. Se quedó pensando un segundo, agarró el lápiz y dijo: "Pará, creo que me equivoqué". No lo dijo con miedo. Lo dijo como el que está trabajando.

Las anécdotas de este post son inventadas para ilustrar la idea; lo que importa es el consejo.

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