Las siete de la tarde en casa, con el termómetro en la mano
Viernes, 6:50 de la tarde, en la cocina, esperando que hierva el agua para el mate.
Se me ocurrió mirar el termómetro de la pared, ese que compramos en la ferretería de la esquina por 35 mil guaraníes y que nunca miramos. Marcaba 33 grados adentro. Afuera, peor. Y yo pensando que el calor era el problema.
Viernes, 7:20 de la tarde, en el living, con los tres cuadernos abiertos sobre la mesa.
La nena de 7 tenía que copiar diez oraciones. El de 9, una tabla de multiplicar. Y yo, que salí del trabajo a las 5 y media y vine derecho, sentado ahí con la lapicera en la mano sin saber bien qué hacer. Porque la cosa no era el calor, ni la tarea, ni el hambre. La cosa era que los tres estábamos apurados y ninguno sabía para qué.
Viernes, 7:50 de la tarde, todavía en el living.
El de 9 se puso a llorar porque no le salía el 7 x 8. Y yo, en vez de respirar, le dije "pero si eso lo viste el año pasado". Apenas salió de mi boca supe que estaba mal. Se lo dije con ese tono que uno pone cuando el cansancio le gana. Mi señora me miró desde la cocina y no dijo nada, pero ese no decir nada fue peor que un reto.
Me levanté, fui hasta la heladera, me serví agua. Volví. Le pedí perdón al nene, en voz baja, sin drama. Él me miró raro, como si no entendiera por qué el papá pedía perdón por una pavada. Y ahí me di cuenta de algo: para él no era una pavada. Para él era el momento en que el papá se enojó por una multiplicación.
Viernes, 8:15 de la tarde, en el patio, los dos sentados en el escalón.
Le dije que el 7 x 8 también a mí me costaba de chico. Mentira, no me costaba, pero se lo dije igual porque necesitaba que se sintiera acompañado. Le pregunté qué parte no entendía. Me dijo que ninguna, que estaba cansado. Y tenía razón, che. Eran las ocho y cuarto de la tarde de un viernes. El pibe venía de siete horas de colegio y dos de tarea. ¿Quién no está cansado a esa hora?

Foto: SAULO LEITE / Pexels (CC0)
Ahí me acordé de una encuesta que leí hace poco en las noticias, de esas que hacen las consultoras sobre qué preocupa a las familias según la edad de los hijos. Me quedó dando vueltas un dato: los padres de chicos de primaria dicen que lo que más les pesa no es la plata ni la escuela, es el día a día. La rutina. Esa sensación de correr de la mañana a la noche sin saber bien si estás haciendo las cosas bien.
Y eso era yo, exactamente, sentado en el escalón del patio con mi hijo, respirando el aire caliente de octubre.
Viernes, 8:40 de la tarde, en la mesa, ya con la cena servida.
Mi señora había hecho milanesas. La nena contó que en el recreo una compañera le prestó una pulsera. El de 9 no habló de la tarea, por suerte. Comimos sin apuro, cosa rara en esta casa. Y en un momento el nene dijo, con la boca llena: "papá, mañana me ayudás con el 7 x 8?". Le dije que sí. Y me quedé pensando que lo que me estaba pidiendo no era ayuda con la tabla. Me estaba pidiendo otro intento. Uno donde el papá no se enoje.
Viernes, 9:30 de la tarde, en el cuarto de los chicos, apagando la luz.
La nena ya dormía. El de 9 me pidió que me quede un ratito. Me senté en el borde de la cama y me dijo, bajito: "¿sabés qué, papá? el 7 x 8 es 56". Le dije que sí, que era 56. Se dio vuelta y se durmió en dos minutos.
Me quedé ahí un rato, en la penumbra, mirando la repisa con los peluches. Pensando en esa idea que escuché por ahí, de que el estrés de los padres se contagia a los chicos. No sé si será tan así, no soy psicólogo ni nada parecido. Pero algo de eso hay. Cuando yo llego apurado, ellos se apuran. Cuando yo me enojo, ellos se achican. Y cuando yo me siento en el escalón del patio a respirar, ellos respiran conmigo.
No tengo una receta. Lo único que aprendí, a fuerza de equivocarme, es que hay que bajar el ritmo antes de sentarse a la mesa con los cuadernos. Servirse un vaso de agua, mirar el termómetro, contar hasta diez. Y que el perdón dicho a tiempo vale más que la tarea hecha perfecta.
Mañana es sábado. A la mañana, cuando se levante, le voy a preguntar si quiere repasar el 7 x 8 con porotos, como hacíamos con mi viejo. Capaz que así le entra. O capaz que no, y no pasa nada.
Las anécdotas de este post son inventadas para ilustrar el tema; lo que importa es lo que uno se lleva de ellas.
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