Un domingo 25 a la siesta, con el celular de mi hijo sonando en la mesa
Hoy, domingo 25 de octubre, a la siesta, estábamos todos en la mesa del patio. Mi señora cortando una sandía, mi hija de 7 armando un rompecabezas de 300 piezas que le regaló la abuela, y el nene de 9 con el celular al lado del plato, vibró tres veces. Tres. En menos de diez minutos. La última vez que sonó, lo miré y él ya tenía la mano encima, como un reflejo, ni siquiera leyó quién le escribía.
Ahí me quedé pensando. No en el celular en sí, porque ya bastante hablamos de eso en casa (o mejor dicho, yo hablo, ellos escuchan a medias). Pensé en esa manía de agarrar el teléfono antes de que termine de sonar. Es como cuando uno está por estornudar y ya tiene el pañuelo en la mano. Automático, viste. Y no sé si el problema es la pantalla o es esa costumbre de tener la mano lista antes de saber qué pasa.
Fijate una cosa: en la mesa había un rompecabezas a medio armar, la sandía, el perro que se metió abajo a buscar migas. Y el nene, pendiente de un aparato que estaba boca abajo. Le pregunté qué era y me dijo que nada, que un amigo del cole. Le dije: "Dejalo boca abajo hasta que termines de comer". Puso cara, pero lo hizo. Cinco minutos después estaba discutiendo con la hermana por una pieza del borde. O sea, la vida seguía nomás.
La verdad que hay algo de esto que no tengo claro. No es que quiera prohibir el celular, sería medio ridículo a esta altura. Pero me molesta esa reacción de resorte. Me hace acordar a cuando era chico y en casa sonaba el teléfono fijo y el primero que llegaba era el dueño de la casa. Era un teléfono de una sola llamada, no tenía 40 notificaciones guardadas esperando.
Lo que sí noté es que cuando el celular está en otra habitación, la cosa cambia. El sábado pasado probamos algo sin mucho plan: los chicos dejaron los aparatos en el cuarto de la abuela, que está al fondo, después del almuerzo. No fue una regla con cartel ni nada. Simplemente lo dejamos ahí y nos pusimos a jugar a las cartas. Una hora y media. Nadie preguntó por el teléfono. Yo tampoco, ojo, no me voy a hacer el santo.
Al final del domingo, cuando ya estaban en pijama, mi hija me preguntó por qué el hermano agarra el celular tan rápido. Le dije que no sé, que es una maña. La nena me contestó: "Vos también lo agarrás rápido cuando llama la abuela". Me dejó planchado. Tenía razón, cuando llama mi vieja yo también corro. Pero es distinto, quise decirle, y me callé porque no era distinto. Era la misma mano rápida.

Foto: AXP Photography / Pexels (CC0)
Lo que pienso, y esto es opinión mía, no receta: la mesa tiene que ser un lugar donde no vibra nada. Y no lo digo como norma moral, lo digo porque me cansé de ver cabezas gachas frente a un plato de comida. Si el aparato está a mano, va a sonar y alguien lo va a agarrar. Si está en otro cuarto, no suena, y aunque suene, nadie se mueve porque el camino es largo. Parece una pavada pero funciona.
Por eso lo que hice, ya mismo, este domingo, fue agarrar una canastita de mimbre que teníamos tirada en el lavadero y ponerla en la repisa del pasillo. Ahí van los tres aparatos cuando nos sentamos a comer. El mío también. Eso es todo. No hay castigo ni premio. Solo un lugar donde el teléfono pasa la hora de la comida quieto, boca abajo, y nosotros hacemos lo mismo.
Si querés probarlo en tu casa, yo empezaría por lo más simple: elegí UN momento del día y hacelo sagrado. No el día entero, porque nadie aguanta. Puede ser la cena, puede ser la siesta del domingo, puede ser la media hora del desayuno. Poné un lugar fijo para los aparatos, que no sea el bolsillo ni la mesa. Y avisá con tiempo, no de un día para el otro, porque los chicos no son tontos y saben cuándo los agarrás en curva.
La otra cosa que sirve es no hacer trampa. Si pedís que el nene lo deje y vos lo tenés al lado vibrando con cada mensaje del grupo del trabajo, perdiste antes de empezar. Me pasó. Lo digo por experiencia propia. Los chicos no aprenden lo que les decís, aprenden lo que ven. Y ven todo, hasta lo que pensás que no ven.
Che, y no me malentiendan. No estoy en contra de la tecnología ni nada parecido. Mis hijos usan el celular, ven videos, hablan con los primos que viven en Encarnación. La cosa es el cuándo, no el qué. Y el cuándo lo decide uno, que para algo es el adulto de la casa, aunque a veces se nos olvide.
Hoy a la noche, cuando guardemos los platos, voy a mirar la canastita del pasillo. Tres aparatos ahí, apagados. Y en la mesa, cuatro personas hablando de pavadas. No sé si va a durar toda la semana, probablemente no. Pero ya con un domingo me alcanza para pensar que la mano rápida se puede educar, la mía incluida.
Las anécdotas de este post son inventadas para ilustrar el tema; lo que importa es la idea, no el relato.