Las dos cuadras de Curuguaty donde nadie barre y el mosaico igual brilla
Ayer a la tarde, volviendo de una vuelta por Canindeyú, me quedé parado casi media hora en una esquina de Curuguaty sin darme cuenta. No había nada espectacular. Dos cuadras de vereda vieja, un almacén con la persiana a media asta y un mosaico de baldosas que, juraría, no lo toca una escoba desde antes de la pandemia. Igual brillaba. Eso me llamó la atención más que cualquier mirador.
El pueblo se llama Curuguaty y queda a unos 240 km de Asunción, subiendo por la ruta 3. La mayoría pasa de largo rumbo a Salto del Guairá o hacia el Parque Nacional Cerro Corá, que está a unos 70 km más al norte. Yo también pasé de largo muchas veces. Pero esta vez paré porque necesitaba cargar nafta y porque quería un tereré. Y ahí nomás, en la esquina de la plaza, encontré ese tramo de vereda que te digo.
Lo curioso es que no es una vereda cuidada. Al contrario. Hay yuyos creciendo entre las juntas, un poste de luz torcido, una reja con más óxido que pintura. Pero las baldosas —un patrón de rombos verdes y blancos, bien de los años 70— están enteras. Ni una quebrada. Le pregunté al del almacén, un señor que se llama Don Blas, y me dijo que esas baldosas las puso la municipalidad en el 74 y que "después nunca más se tocaron". Cincuenta y dos años. Cincuenta y dos años pisadas por sandalias, motos, carritos y días de lluvia, y siguen ahí.

Foto: Cmasi / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Eso es todo.
No sé por qué me obsesionó tanto. Creo que porque uno anda buscando lo extraordinario en los saltos, en las ruinas, en los grandes paisajes, y a veces lo que te agarra es una vereda común de un pueblo que casi nadie mira. Curuguaty tiene su historia pesada, eso lo sabe cualquiera que haya leído algo de la zona, pero a mí me gusta ir por lo chico. Por la baldosa que aguantó. Por el almacén que abre a las 6 y cierra cuando Don Blas se aburre.
Si alguno va para esos lados, yo haría esto: parar en Curuguaty aunque sea una hora, no solo para cargar combustible. Estacionar cerca de la plaza, caminar las dos cuadras que rodean la iglesia vieja y mirar el piso. Sí, el piso. Fijarse en las juntas, en los patrones, en las baldosas que ya no se fabrican. Después entrar al almacén de Don Blas y pedirle un tereré. Si está de buenas, te cuenta de qué cuadrilla era el que las colocó. No hay cartel, no hay guía, no hay entrada. Es gratis y son veinte minutos.
La verdad, no sé cuánto más duren esas baldosas. Un día cualquiera las levantan para pasar un caño y chau. Por eso conviene ir ahora, che. Después uno se arrepiente de no haber mirado cuando todavía estaba.
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