Los 40 minutos en que el tren de Sapucai se queda sin turistas y vuelve a ser de los jubilados del pueblo

Foto: Py4nf / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
El sábado pasado llegué a Sapucai con la idea fija de subirme al tren de vapor. Compré el boleto, me senté en el vagón de madera, y a los diez minutos de marcha pasó algo que no esperaba: en la estación de Valois, la mitad del pasaje se bajó a comprar chipa y el tren se quedó quieto, esperando, con el silbato apagado.
Ahí, en ese silencio de máquina parada, me di cuenta de una cosa. El tren de Sapucai no es un paseo turístico. Es un tren de verdad, de los que todavía corren para la gente de los pueblos del departamento de Paraguarí, y los turistas somos un agregado que sube los fines de semana. La locomotora que vi es la N° 8, una Henschel que llegó al Paraguay a fines del siglo XIX, y el recorrido hasta Caballero dura unos 40 minutos por un camino de rieles que cruza pastizales, casas de tablita y un puente de hierro que cruje cuando uno se para a mirar por la ventanilla.
Lo que me llamó la atención no fue el vapor, ni el silbato, ni el encanto de la estación restaurada —aunque todo eso está y vale—. Fue ver a un grupo de jubilados del pueblo que subió en Valois con sus bolsas de mandioca, se sentó en los asientos de madera como quien sube al colectivo de todos los días, y siguió hablando de sus cosas mientras el tren avanzaba. Una señora de vestido floreado le decía a otra que el hijo le había mandado plata de Buenos Aires. Un viejo con sombrero de paja dormitaba contra la ventanilla. Nadie sacaba fotos. Eso es todo.
El tren arranca desde la estación de Sapucai, que queda a unos 90 kilómetros de Asunción por la Ruta PY01, y funciona los fines de semana con horarios que conviene confirmar antes de ir porque cambian según la temporada. Yo pagué 25.000 guaraníes por el tramo de ida, y el viaje completo con regreso sale bastante más barato que cualquier parque temático. El museo de la estación abre temprano y tiene piezas que valen la pena: herramientas originales del taller ferroviario, fotos de cuando Sapucai era un nudo de rieles con talleres propios, y una sala con maquetas que a los chicos les vuela la cabeza.
Ojo con esto: si van un domingo de sol, el tren se llena y el viaje se convierte en una romería de selfies. Si van un sábado nublado, como me tocó a mí, la cosa cambia. El vagón viaja medio vacío, los pasajeros son los de siempre, y uno se queda con la sensación rara de estar espiando una escena que no le pertenece. No sé si será mejor o peor como experiencia turística, pero a mí me gustó más así.
Si recién arrancás con esto de recorrer Sapucai, yo empezaría por lo más simple: llegá temprano, comprá el boleto en la boletería de la estación (no hace falta reservar por teléfono, o al menos yo no lo hice), y subí sin apuro. Llevá agua y algo para picar, porque arriba no hay nada. Y si podés, sentate del lado izquierdo del vagón, que es el que da al pastizal y a las casas de tablita; el derecho tiene más monte y menos vista. Después de la vuelta, caminá las dos cuadras hasta la plaza y buscá el puesto de doña Cándida, que vende chipa guasu caliente hasta mediodía.
Sapucai no es un destino de postal. Es un pueblo que todavía vive de lo que quedó del ferrocarril, y el tren es la excusa para verlo funcionar. A mí me dejó pensando en esos lugares del país que no se venden solos, que necesitan que uno se acerque sin apuro. Y eso, para mí, ya vale el viaje.
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El viaje en el tren de Sapucai, la parada en Valois y la Henschel N° 8 salen de la crónica que publiqué el sábado. Si hay algo que no cierra, indicame qué punto revisar y lo hago.