Me perdí en el Bosque Mbaracayú y encontré la laguna que nadie menciona
Jueves 3 de septiembre de 2026 me levanté con la niebla todavía pegada a las copas del Bosque Mbaracayú. Con la cámara Sony α7 III y el lente 24‑70 mm f/2.8 en la mochila, me dirigí al estacionamiento de la entrada norte, a 45 km de Ciudad del Este. La guía que imprimí decía "ruta principal", pero yo quería algo distinto. A las 07:30, mientras el sol apenas rozaba la hoja, tomé el sendero de tierra que se bifurcó a la izquierda del marcador azul 12 y, sin darme cuenta, me alejé de la ruta marcada.
Ese desvío me llevó a una senda de bambú que nunca había visto en los mapas oficiales. Cada paso crujía bajo mis botas y el aire olía a tierra húmeda y a madera de quebracho. A los 800 m encontré una pequeña apertura donde la luz se filtraba en tonos verdes, como si el bosque tuviera su propio filtro. Ajusté ISO 400 y disparé diez fotos en quince minutos; el resultado quedó increíble, con la niebla bailando entre los troncos. Miren esto, la textura del musgo se veía casi líquida.
Al seguir el corredor, el terreno se abrió sobre una laguna de agua cristalina que parecía un espejo. La superficie reflejaba el cielo azul y, de repente, una bandada de guacamayos rojizos cruzó el horizonte, creando un estallido de color. Allí, a la orilla, una familia de carpinchos chapoteaba sin prisa. Según el guardabosques José Martínez, esa laguna no está en la ruta turística porque se conserva como zona de reproducción. Valió la pena esperar a que el agua se calmara; la luz de la mañana la volvió dorada y perfecta para una larga exposición.
Si querés vivir esta experiencia, empezá por descargar la app Waze y buscar el punto GPS 23.4512 S, 54.6678 W; esa coordenada marca la bifurcación del sendero de bambú. Lleva una botella de medio litro, calzado impermeable y una linterna de mano, porque la ruta no está señalizada con carteles. Llegá al punto antes de las 08:00, cuando la niebla todavía cubre el bosque y el clima es fresco. Según el informe del Instituto Forestal, ese sector recibió menos de 200 visitantes en 2025, lo que garantiza su estado casi intacto. Una vez en la laguna, dejá el trípode bajo el árbol caído y experimentá con exposiciones largas; la foto resultará como la que compartí.
Me quedé allí unos minutos, escuchando el canto de los pájaros y sintiendo la humedad del aire. No se lo pierdan la próxima vez que pasen por el Chaco; el Bosque Mbaracayú tiene rincones que cambian la forma de ver la naturaleza. Ese silencio me recordó por qué elegí vivir en Paraguay, entre bosques y ríos que aún guardan secretos.
