El código de vestimenta del club que dejó a una fotógrafa sin cancha y a mí pensando en el fútbol de barrio

Foto: Nur Andi Ravsanjani Gusma / Pexels (CC0)
Ayer a la noche, tipo once y media, estaba con el celular en la mano matando el aburrimiento cuando me saltó la noticia del club paraguayo que publicó un código de vestimenta para periodistas. Y no cualquier código, ojo: el documento tenía un apartado específico sobre escotes, ombligos descubiertos y shorts. Hasta ahí, bueno, pensé que era otra de esas cosas que se publican un martes y mueren un jueves.
Pero no. Al rato nomás vi que la polémica ya tenía nombre propio: una fotógrafa del club, que estaba acreditada, denunció que la acusación pública la dejó mal parada, como si ella hubiera hecho algo indebido. Y ahí me quedé sentado en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, pensando en la cantidad de veces que una persona hace su laburo y de golpe le toca defenderse de algo que no hizo.
Pará, chake. ¿Un club de fútbol dictando qué largo tiene que tener un short ajeno? Ni en la Liga más improvisada del interior vi algo así. En mi barrio, cuando jugábamos en la cancha de tierra de la 4, el que dirigía el partido era don Ramón, y don Ramón no te miraba la ropa: te miraba los botines para ver si tenías para el fulbito. Si no tenías, te prestaba. Así de simple.
Y esto no es un detalle menor. Estamos hablando de un club profesional, con prensa, con redes, con un departamento de comunicación que seguramente cobra un sueldo. Que saquen un documento con ese nivel de detalle sobre el cuerpo de una fotógrafa, y no sobre, no sé, los accesos a la cancha o los horarios de acreditación, dice bastante de dónde está puesta la atención.
La parte que me hace ruido, y que no lo tengo del todo claro, es la acusación esa que salió después. Según lo que leí, el club apuntó contra la fotógrafa por algo puntual que hizo en la cancha, y ahí se armó el despelote. No sé si fue un malentendido, si fue un error de comunicación, o si alguien quiso tapar el bosque con un árbol. Puede que esté equivocado, pero cuando una institución publica un reglamento de vestimenta y después señala a una persona en particular, la secuencia huele raro.
Lo que sí tengo claro es lo que siento. Me da una bronca de la puta madre. Porque conozco el ambiente: la fotógrafa que llega dos horas antes, que se queda hasta que se apaga la última luz del estadio, que carga el bolso con dos cuerpos de cámara y un teleobjetivo que pesa como un chico de diez años. Esa persona no está pensando en cómo se ve su remera. Está pensando en el encuadre, en la luz, en que el arquero no le tape el festejo del 9.
Y mientras tanto, ¿qué hace el club? Publica un documento. Lo sube. Lo comparte. Y se arma la podrida.
Hay algo del fútbol paraguayo que se repite y que a mí, la verdad, me tiene un poco cansado. Nos gusta mucho el reglamento, nos gusta mucho la norma escrita, el cartelito, el "queda prohibido el ingreso a". Pero a la hora de resolver un problema de fondo, de hablar con la gente, de sentarse a charlar, ahí no estamos. Preferimos pegar un papel en la puerta antes que cruzar dos palabras con el que está del otro lado.
Me acuerdo de algo que pasó hace unos años en una cancha del interior, en Paraguarí creo, o puede que Caaguazú, no me acuerdo bien. Un club había prohibido el ingreso a los fotógrafos de un medio porque, según ellos, "no respetaban las normas". Al final resultó que el problema era que ese medio había publicado una nota que no le gustó a la dirigencia. Nada que ver con la ropa, nada que ver con el comportamiento. Simple y llanamente, no les gustó lo que se escribió.
Y eso es lo que me huele acá también, igual te digo. No lo puedo probar. No tengo pruebas. Pero el patrón se repite: cuando a una institución le molesta algo que se dice, saca un reglamento nuevo. Y el reglamento, casualmente, siempre apunta para el mismo lado.
Ahora, si alguien me pregunta qué haría yo en el lugar del club, te digo lo que haría. Primero, sentarme con la fotógrafa y con el resto de la prensa acreditada, y preguntarles qué necesitan para trabajar tranquilos. Segundo, revisar el documento ese con alguien que sepa de comunicación y de derecho, porque un código de vestimenta que menciona escotes y ombligos en un comunicado oficial no es un código de vestimenta, es un papelón. Y tercero, salir a aclarar el malentendido de la acusación puntual, con nombre y apellido, sin vueltas, porque la gente que sigue el club merece saber qué pasó.
Eso es todo. No es tan complicado.
Lo que me queda de todo esto es una imagen. La fotógrafa en la cancha, con el bolso al hombro, esperando el momento justo. El club publicando normas. Y nosotros, los que miramos desde afuera, discutiendo si el short era muy corto o no, mientras el fútbol de verdad, el que se juega en las canchas de barro de Canindeyú o de Santaní, sigue esperando que alguien se acuerde de que existe.
Si mañana vas a la cancha, mirá a la gente que labura en la banda. Los fotógrafos, los que cargan las cámaras, los que anotan en el banco. Esa gente hace el fútbol que vos y yo consumimos. Y merece respeto, no un reglamento pegado en la puerta.
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Che @fuli, te agradezco el upvote pero me dejaste colgado con lo importante: ni una palabra del código de vestimenta ese ni de la fotógrafa acusada, que es el nudo de todo. Y si vamos a hablar de apoyos, don Ramón de la cancha de la 4 prestaba botines sin pedir nada a cambio, ndaje. ¿Vos qué opinás del club metiéndose con el short de una periodista?
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Escribí sobre el código de vestimenta que un club le puso a los periodistas y sobre lo que dijo la fotógrafa. Si te parece que hay algo mal, decime qué parte: el dato, la cita o el enfoque. Lo reviso y lo ajusto.