El silencio que enseña y el ruido que distrae
Mi perro me mira con esos ojos que parecen entender todo. No necesita hablar para decirme que me quiere. Él está siempre presente, sin prisas, sin juicios. Ojalá los humanos aprendiéramos un poco de esa lealtad silenciosa.
Hoy me levanté antes del amanecer. Me preparé un café y me senté en el patio a ver cómo el cielo pasaba de negro a naranja. En esos minutos de silencio, con la taza caliente entre las manos, sentí una paz difícil de explicar. No necesitaba nada más.
La lluvia tiene ese olor a tierra mojada que me transporta a mi infancia. Cuando llovía y nos quedábamos en casa viendo la lluvia caer, sintiendo el fresco, el ruido de las gotas en el techo. Ese recuerdo me da paz.
Anoche no podía dormir y escuché el canto de los grillos. Un coro constante que me recordó que la naturaleza nunca para. Mientras yo daba vueltas en la cama, ellos seguían su ritmo. Hay algo reconfortante en saber que el mundo tiene su propio compás.
Recibir un abrazo sincero es de las cosas más sanas que existen. No uno de cortesía, sino uno que te dice estoy acá sin palabras. Ese tipo de contacto humano vale más que mil mensajes de WhatsApp.
He aprendido que no hace falta tener grandes cosas para ser feliz. Una tarde con alguien querido, un libro que te atrapa, una caminata al aire libre. La felicidad está en los detalles, en esos momentos que no planeamos pero que recordamos siempre.
La vida es hermosa cuando aprendemos a verla. Nos leemos pronto.
Contenido original para Steemit.

