Sábado a las seis y cuarto, esperando que levante el hervor

Foto: Robert Acevedo / Pexels (CC0)
Son las seis y cuarto de la mañana de un sábado y estoy parada frente a la olla de hierro esperando que el agua rompa el hervor. Afuera todavía está oscuro, se escucha un perro ladrar en la cuadra de al lado y el ruido del refrigerador que hace como tres meses quiere morirse. La olla tiene agua, dos hojas de laurel y una cebolla cortada en cuatro, nada más. Puse el fuego fuerte y me quedé mirando las burbujas chiquitas que se forman en el fondo, esas que todavía no suben.
Todavía no sé bien qué voy a cocinar hoy. Compré un kilo de falda en la feria de Villa Morra el jueves, la señora de la carnicería me dijo que estaba linda para guiso y le creí. Pero el guiso ya lo hice hace dos semanas y no quiero repetirme. Así que acá estoy, con la carne en la heladera y el agua calentándose sin rumbo.
Mi mamá siempre decía que el secreto de un buen caldo está en no apurarlo. Que si uno pone el fuego fuerte para ganar tiempo, el sabor se va con el vapor. Yo la escuchaba y pensaba que era una exageración de vieja. Ahora estoy acá, a las seis y cuarto, vigilando que el agua no hierva demasiado rápido, y me doy cuenta de que tenía razón. O mejor dicho, no sé si tenía razón pero me quedó la costumbre.
Eso es todo.
La cocina está tibia. El vidrio de la ventana se empañó apenas y con el dedo dibujé una rayita que ya se está borrando. Puse la radio bajito, en la AM, y están pasando un programa de chamamé que no me interesa pero me da compañía. La cebolla empezó a soltar ese olor dulce que llena todo, ese que te avisa que algo está pasando aunque todavía no haya nada que comer.
Pienso en el titular que leí ayer sobre una chef mexicana en Washington que dice que gran parte de su vida está allá pero cocina como en su casa. Me quedé con eso. No por la nota en sí, sino porque me hizo pensar en cuántas veces cocinamos para no extrañar. Yo cocino todos los días, casi sin pensar, pero hay días como hoy que la olla con agua y laurel es lo único que me ancla.
La carne sigue en la heladera. Capaz la saco, la corto en cubos y la doro con un poco de cebolla y morrón. O capaz la dejo para mañana y hoy me hago unos fideos con manteca y queso. No lo tengo claro todavía. El agua ya está por hervir, se escucha ese rumor de fondo que sube, y yo sigo acá, con la cuchara de madera en la mano, esperando.
El laurel flota. La cebolla se desarma de a poco en el agua. Y afuera ya hay un poco de luz, apenas, la justa para ver que el día empezó y que el caldo, aunque no lo decida todavía, ya está tomando color.