La suscripción en dólares para escuchar la Biblia que vi esta mañana
Hoy lunes 14 de septiembre me levanté temprano, como a las seis, a poner la pava para el mate acá en Luque. Mientras esperaba que caliente el agua me puse a mirar el diario en el teléfono y me saltó una noticia bastante peculiar: la cantante mexicana Thalía lanzó una serie de audios con lecturas bíblicas para el celular, pero cobrando la descarga de cada capítulo. Me quedé mirando la pantalla un buen rato con el termo en la mano, masticando el asunto.
No pude evitar girar la cabeza hacia la mesa de madera y mirar mi vieja Biblia Reina-Valera de 1960. La compré en mayo de 2018 por 35.000 guaraníes en un puesto de libros usados sobre la calle Palma, en pleno centro de Asunción. Tiene la tapa de cuerina marrón gastada en las esquinas, notas con bolígrafo azul que escribí de madrugada cuando mi tío Mateo estuvo internado en el Sanatorio Italiano en 2021, y una mancha redonda de cocido que le cayó justo sobre el libro de Isaías.
Pensá un poco en esta realidad. Vivimos en una época donde hasta la fe parece que te la quieren empaquetar en formato digital premium con cobro recurrente. No digo que esté mal escuchar un pasaje en audio mientras viajás apretado en el colectivo 27 rumbo al trabajo, pero la comercialización directa del texto sagrado me deja un sabor raro. La Escritura no necesita producción de estudio de grabación ni una celebridad de fondo para calarte hondo.

Foto: Amy Farías / Pexels (CC0)
La efectividad de la palabra no depende del volumen ni del mercadeo. Sentí la sencillez de lo que dice Mateo 10:8: "De gracia recibisteis, dad de gracia". Cuando me tocó pasar por tormentas feas en la vida, lo que me sostuvo no fue una aplicación costosa ni un paquete de audios con música dramática; fue abrir ese papel finito de noche, leer dos renglones a la luz del velador y encontrar calma en medio del desorden. Es así nomás.
Si estás con ganas de retomar tu lectura espiritual estos días, mi consejo es que no te compliques buscando la aplicación del momento ni gastando en plataformas. Agarrá la Biblia de papel que seguro tenés juntando polvo en algún estante del ropero. Dejá el libro en la mesa de noche, leé diez minutos a la mañana antes de tocar el celular y usá un lápiz común para marcar al margen la fecha exacta del día en que un texto te hizo pensar. Ese contacto directo no lo reemplaza ninguna descarga.
Al final la fe no se resuelve pagando una membresía mensual. La vida misma demuestra que Dios habla en la tranquilidad cotidiana, no en los negocios de la tecnología.