Lo que Ramón remarcaba en el asiento del colectivo 27
Hoy miércoles 16 de septiembre subí a la línea 27 a las 6:15 de la mañana en la avenida Avelino Martínez, acortando camino para ir a hacer un trámite. El colectivo iba sacudiéndose como siempre sobre el empedrado, pero me llamó la atención el tipo que iba a mi lado. Era Ramón, un carpintero de 54 años del barrio Santa Lucía a quien conozco de cruzarlo en la ferretería de Don Pedro. Tenía en el regazo un devocional chiquito, de esos que te regalan en las campañas de evangelización, pegado con cinta de embalar transparente en el lomo.
Llevaba una lapicera BIC roja sin tapa y remarcaba dos líneas en el papel amarillento con una precisión casi sagrada, ignorando cada pozo del camino. Le eché un vistazo sin disimulo. Estaba leyendo sobre soltar las cargas diarias antes de arrancar el turno de trabajo a las 7:00. Me contó al pasar, mientras guardaba el librito en su bolso de herramientas: "Si no limpio el aire de la cabeza acá arriba del colectivo, llego al taller a pelearme con las maderas y con la gente".
Me quedé pensando en su gesto todo el mediodía. Hace poco leí en internet que salió un devocional nuevo de una actriz norteamericana, Candace Cameron, centrado en encontrar esperanza en días jodidos. Está bárbaro que la gente busque refugio en la lectura, sea en Estados Unidos o en la UASD de Santo Domingo donde estos días juntaron a más de mil personas para reflexionar. Pero ver a Ramón, con las manos llenas de aserrín acumulado de la semana pasada, subrayando una hoja en el quilombo del tráfico de San Lorenzo, me bajó a tierra de un plumazo.

Foto: Gera Cejas / Pexels (CC0)
La fe no necesita escenografía ni silencio de catedral. Jesús decía en Mateo 6:34: "No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Ya tiene cada día su propio mal". Pensá en eso. A veces gastamos horas buscando la rutina perfecta de meditación, el lugar ideal sin ruidos o el libro de autoayuda que está de moda en los portales, cuando lo único que necesitamos es detener la cabeza tres minutos en medio del caos.
Si sentís que los problemas te pasan por encima antes de las ocho de la mañana, arrancá por lo más básico. No te pidas una hora de silencio sagrado si no tenés tiempo. Agarrá un verso corto, anotalo en un papelito o en el celular, y léelo en el trayecto al laburo, mientras hierve el agua para el mate o mientras esperás el colectivo. Uno solo, pero masticalo bien durante la jornada.
La vida misma te empuja a correr sin mirar adónde vas. A veces la fe entra nomás por la raya torcida de una lapicera roja en un asiento de plástico.