Los tres cuadernos tapa azul en el mostrador de Doña Beatriz
Hoy jueves 24 de septiembre de 2026 se vino un aire fresco acá en San Lorenzo que no esperaba. Salí temprano de casa, cerca de las siete y media, para comprar un paquete de yerba Kurupí menta y cedrón antes de encarar el trabajo del día. En la esquina de la avenida Avelino Martínez está la despensa de Doña Beatriz, un local chiquito con techo de chapa donde siempre hay olor a chipa recién hecha y café pasado.
Cuando entré, la encontré sentada detrás de la caja registradora, esa ruidosa de marca Olidatos que tiene desde los años noventa. Estaba escribiendo despacio con una birome azul en un cuaderno con tapa dura de color azul, marca Éxito, de 84 hojas. Tenía otros dos cuadernos idénticos apilados al costado de la balanza digital. Me acerqué para pagar la yerba y me di cuenta de que tenía la mirada húmeda, pero la cara totalmente tranquila.
Le pregunté cómo andaba y me mostró la página. Tenía la fecha marcada arriba: 24 de septiembre de 2026. Abajo había anotado apenas dos renglones con una letra prolija y temblorosa. Me contó sin rodeos que hoy se cumplían exactamente dos años y seis meses desde la noche en que su hijo Esteban tuvo el accidente en la Ruta PY02, a la altura de Ypacaraí. Desde ese día, cada mañana a primera hora, Beatriz agarra su cuaderno y escribe una frase dirigida a Dios. No escribe pedidos grandilocuentes ni rezos de memoria; escribe lo que siente en el pecho antes de abrir las persianas del negocio.
Unas horas antes de salir de casa, mientras tomaba mi primer mate en la cocina, leí en la portada digital de Noti-Prensa sobre la publicación de un libro titulado Abrazada, escrito justamente para acompañar el duelo de las madres que perdieron a sus hijos. La nota comentaba cómo el dolor de una pérdida así no es algo que se supera como si fuera un resfrío que se pasa con tres días de remedio, sino algo con lo que se aprende a caminar todos los días. Al ver a Beatriz ahí parada, entendí de golpe lo que decía esa reseña.
Vivimos en una época que te exige cerrar los duelos rápido. La gente quiere que estés bien para el mes que viene, que retomes tu rutina, que sonrías en las fotos de los cumpleaños familiares y que no vuelvas a sacar el tema para no poner incomodo al resto. Pareciera que si pasan seis meses o un año y seguís llorando en silencio por las noches, algo estás haciendo mal con tu fe. Nos vendieron la idea falsa de que el cristiano verdadero no se quiebra, que la fe es una especie de escudo impermeable que te anestesia contra el dolor. Mirá, pensá en la mentira enorme que nos creímos. La fe no es anestesia; la fe es el lugar a donde vas a llorar sin que nadie te juzgue ni te apure el reloj.
Doña Beatriz me dejó hojear el primer cuaderno, el que empezó aquel marzo de 2024. Las primeras páginas eran manchas de tinta corrida por las lágrimas, palabrotas escritas con rabia, preguntas secas y directas al cielo sobre por qué le tocó a su hijo de veinticuatro años y no a ella. A medida que avanzaban los meses, las páginas empezaban a mostrar un cambio suave. La rabia no había desaparecido del todo, pero al lado del dolor empezaban a aparecer notas sobre el sol del mañana, sobre la ayuda de los vecinos de San Miguel o sobre el recuerdo lindo de una risa de Esteban cuando era chico.

Foto: joao Guerreiro / Pexels (CC0)
La fe verdadera no tapa las grietas con enduido rápido; deja que la luz pase por entre medio de los pedazos rotos. Salmo 56:8 dice algo precioso sobre esto: > Tú has contado mis insomnios; pon mis lágrimas en tu odre; ¿no están ellas en tu libro?
Pensá en eso un segundo. La Biblia no dice que Dios te reta por llorar, ni que te pide que disimules cuando se te parte el alma. El texto dice que Guarda cada lágrima, que las cuenta una por una como si fueran gotas de oro. En la cultura de la Biblia, el odre era esa bolsa de cuero donde se guardaba el agua o el vino precioso en medio del desierto. Tu dolor no es basura para Dios; es algo sagrado que Él guarda con cuidado mientras vos vas recuperando el aliento.
Muchos creen que madurar en la fe significa volverse insensible, ponerse una coraza dura para que nada te alcance. Viví lo suficiente para darme cuenta de que es exactamente al revés. Cuanto más cerca estás de Dios, más blando se te vuelve el corazón y más capacidad tenés de sentir la pérdida de lo que amás. Jesús lloró a la vista de todos frente a la tumba de Lázaro en Betania, sabiendo perfectamente que lo iba a resucitar tres minutos después. Lloró porque la muerte es fea, porque rompe lo que estaba diseñado para estar unido, y porque el dolor del ser humano le importa de verdad.
Si hoy estás pasando por un momento oscuro, si perdiste a alguien querido o estás masticando un dolor que la gente a tu alrededor ya se cansó de escuchar, probá hacer esto desde hoy mismo:
- Consiguete un cuaderno común y corriente, no hace falta que sea caro ni especial, y dejalo en tu mesa de luz o en el mostrador donde pasás tus mañanas.
- Dedicale cinco minutos al despertar, antes de mirar el teléfono o revisar los mensajes de WhatsApp. Escribí la fecha del día y poné en palabras crudas lo que tenés adentro. Si tenés rabia, escribí que tenés rabia. Si extrañás hasta que te duele la espalda, anotalo así tal cual.
- Cerrá el cuaderno sin releerlo ni buscarle una moraleja bonita al final del texto. Considerá esa página como una conversación abierta con Dios donde no tuviste que usar careta ni vocabulario piadoso.
- Si conocés a alguien en tu barrio o en tu familia que esté atravesando una pérdida vieja de la que ya nadie habla, no le digas frases hechas como "ya está en un lugar mejor" o "tenés que ser fuerte por tus otros hijos". Solamente acercala a tomar un mate, llevale unos chipas calentitos o sentate diez minutos a su lado sin decir nada. El silencio acompañado cura mucho más que diez discursos teológicos mal dados.
Me fui de la despensa con mi paquete de yerba bajo el brazo y una sensación distinta en el pecho. Vi a Doña Beatriz guardar su birome en el bolsillo del delantal, acomodar los tres cuadernos azules en una esquina del mostrador y atender al cliente que venía detrás mío con una sonrisa serena. Es así nomás. La fe no elimina la cicatriz de la herida, pero te da la fuerza diaria para seguir atendiendo la vida sin volverte de piedra.