Un librito despintado en el mostrador de Fernando

in #spanish3 days ago

Esta mañana de martes 15 de septiembre, pasadas las siete y veinte, entré a la panadería La Espiga sobre Eusebio Ayala, casi llegando a Fernando de la Mora. Don Ramón estaba atendiendo con la radio prendida en la 970 AM de fondo. Al lado de la balanza digital tenía un devocional viejísimo del 2018, rajado en el lomo y sostenido con una arandela de bronce para que el viento del ventilador de techo no le diera vuelta la página.

Mirá que el papel estaba amarillo ya, pero la hoja marcada correspondía a la fecha de hoy. Me quedé mirando cómo el viejo pesaba cuatrocientos gramos de galleta mientras susurraba unas frases de corrido, casi como si respirara. Le pregunté si leía esa misma página cada año antes de levantar la cortina metálica a las cinco y media. Me miró por encima de sus anteojos de lectura y me dijo que sí, que hace ocho años repite la misma caminata corta: tres minutos de lectura frente a la mesa de madera, un sorbo de cocido bien caliente y a laburar.

Pensá en la constancia silenciosa de esa rutina. A veces leo notas sobre futbolistas famosos o gente de la tele que saca libros nuevos de motivación todos los meses o aplicaciones pagas con mil funciones para acordarse de orar. Pero la vida misma me demostró que la fe profunda pocas veces viene envuelta en papel satinado. Viví varios años comprando cuadernos caros en librerías del centro de Asunción, convencido de que un diseño lindo me iba a regalar la disciplina que me faltaba. Es así nomás: nos llenamos de carpetas, agendas y recordatorios en el teléfono, pero la constancia real no se compra en la librería.

Night view of an illuminated meat market with parked cars, exuding a calm and urban atmosphere.
Foto: Selvin Esteban / Pexels (CC0)

En el libro de Jeremías, capítulo 6, verso 16, está escrito algo que me vino a la memoria en ese mostrador: "Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma". No hace falta inventar una rueda nueva cada semana cuando la ruta vieja funciona si uno la camina con ganas.

Si sentís que tu rutina espiritual se volvió un caos o que nunca encontrás el momento tranquilo para sentarte, hacé algo sencillo. No bajes otra aplicación ni te prometas leer tres capítulos por día desde mañana. Dejá un verso corto anotado en un papel al lado de la pava o de la manguera del mate. Dedicale un minuto entero antes de revisar los mensajes del grupo del trabajo o las noticias de la mañana. Uno solo, pero todos los días sin falta.

La constancia no es un talento raro con el que nacen algunos iluminados. Es una costumbre chiquita que se va pegando al cuerpo con los meses, como la harina en las manos de Don Ramón.