A vos, que estás esperando el momento perfecto para empezar
Te escribo esto un sábado a la mañana, con la casa todavía en silencio y un café que ya se me enfrió porque me puse a pensar en vos. No sé si te conozco, probablemente no. Pero hay una conversación que se repite tanto que ya la tengo grabada: alguien que quiere arrancar algo y me dice que está esperando el momento. El momento justo, la plata justa, el equipo justo. Y yo lo escucho y pienso en cuántas veces dije exactamente lo mismo.
Mirá, la verdad es que no hay momento. Lo aprendí de la peor manera, que es la única manera en que uno aprende estas cosas: haciéndolo mal primero. Yo no sabía nada de esto que hago ahora cuando empecé. Nada. Me acuerdo de la sensación de contestar el teléfono y no tener idea de qué responder, de improvisar, de decir "dejame averiguar y te confirmo" cuando en realidad no tenía a quién preguntarle. Eso duró meses. Meses que hoy, si los miro desde acá, fueron los más útiles de todos.
Porque el momento perfecto es una trampa que uno mismo se arma. Suena responsable, suena prudente, suena a que estás planificando bien. Pero en el fondo es miedo con corbata. Lo leí hace poco en un artículo sobre liderazgo en pymes, esas notas que andan dando vueltas estos días, y me quedé con una frase que no era la principal del texto, de esas que aparecen al pasar. Decía algo así como que las empresas que sobreviven no son las que planificaron mejor, sino las que se movieron antes. No la guardé textual, pero la idea me quedó dando vueltas todo el día.
Y eso choca con cómo nos educaron. A mí por lo menos me enseñaron a tener todo resuelto antes de dar el primer paso. A no mostrar dudas. A que preguntar dos veces era de inseguro. Vaya mentira esa. En mi experiencia, los que mejor dirigen son los que preguntan, los que admiten que no saben, los que se equivocan y lo dicen en voz alta antes de que alguien más lo descubra.
Te soy sincero: esto no lo tengo del todo claro todavía. Hay días en que me sale natural y días en que me agarra el vértigo y quisiera tener todo atado antes de mover una pieza. Sobre todo cuando hay gente que depende de lo que decidís. Cuando sos el que firma, el que pone la cara, el que tiene que sostener el ánimo del resto un lunes a la mañana, la tentación de esperar es enorme.
Pero ahí está lo que quiero decirte, a vos que estás en la misma: esperar también es una decisión. Y es la única que no te enseña nada. Podés equivocarte mil veces haciendo, y de cada error te queda algo. Equivocarte esperando no te deja nada, apenas la sensación rara de que el tiempo pasó y vos seguís en el mismo lugar.
Algo que me sirvió, y que no es una fórmula, es empezar chico. Ridículamente chico. Una llamada, una consulta, una conversación que venías evitando. No el plan de cinco años. Ese plan no existe, y si existe, se rompe en la primera semana. Lo que existe es lo que hacés esta tarde.
Y ojo con esto, porque es donde muchos se traban: empezar chico no significa empezar solo. Yo tardé en entender que pedir ayuda no te resta autoridad, te la da. La gente confía más en el que reconoce lo que le falta que en el que finge tener todo. Lo vi pasar mil veces en reuniones donde alguien se queda callado por no admitir que no entendió, y después todo el equipo trabaja sobre una base torcida.
Hay una costumbre de mi trabajo que me gusta justamente por eso. Cuando mostrás una casa, no podés mostrar todo de golpe. Vas abriendo puertas. Primero el living, después el patio, después el cuarto. A nadie se le ocurre abrir todas las puertas al mismo tiempo, porque el que entra se pierde. Con lo que uno empieza es igual. No abras todas las puertas de tu vida el mismo día.
Ahora, si te soy del todo honesto, hay una parte de mí que todavía quiere decirte que esperes. Que juntes un poco más, que leas un libro más, que hables con alguien más antes de lanzarte. Y esa parte es la que me hizo perder años. La escucho, la saludo, y sigo igual.
Porque en algún punto, el momento perfecto no llega nunca, y el momento suficientemente bueno ya está acá. Es hoy. Es esta tarde, con lo que tenés, con lo que sabés y con lo que no sabés también.
Te dejo con una imagen y me voy a buscar café caliente. Un amigo me dijo una vez que el mejor día para plantar un árbol era hace veinte años, y el segundo mejor es hoy. Suena a frase de cartel de oficina, ya sé. Pero cuando la escuché no pensé en árboles, pensé en todo lo que venía postergando. Y ahí nomás agarré el teléfono.
No sé si a vos te va a pasar lo mismo leyendo esto. Ojalá. Igual te digo: no hace falta que me contestes. Solo cerrá esta nota y hacé esa llamada que venís pateando.
