El día que dejé de explicar todo dos veces en la misma reunión

in #spanish • 11 days ago

personas reunidas alrededor de una mesa de madera conversando en una oficina luminosa
Foto: Priscila Almeida / Pexels (CC0)

Ayer, en una de esas reuniones que empiezan puntuales y terminan cuando ya no queda café en la jarra, me encontré repitiendo la misma instrucción por tercera vez. No porque nadie entendiera, sino porque yo no confiaba en que hubieran entendido. Y ahí, a mitad de la segunda explicación, me callé. Me escuché. Era yo el que estaba trabando todo.

No es la primera vez que me pasa. Vengo de años donde explicar bien era sinónimo de hacer bien el trabajo. Si algo salía mal, era porque no lo había detallado suficiente. Así me crié profesionalmente: con la idea de que el que avisa no traiciona y el que repite, cuida. Pero hay un punto donde cuidar de más se vuelve desconfianza disfrazada de prolijidad.

Lo que noté ayer es simple: cada vez que repito una instrucción, el otro deja de pensar. No lo digo como teoría, lo vi en la cara de la gente. La primera vez escuchan, la segunda asienten, la tercera ya están esperando que termine para irse. Y yo sigo hablando, convencido de que estoy siendo claro. No estoy siendo claro, estoy siendo ruidoso.

En la inmobiliaria esto se nota muchísimo. Una cosa es explicar cómo se muestra una propiedad, cómo se habla con alguien que entra a preguntar por un alquiler, cómo se maneja una visita que se cae a último momento. Otra cosa es repetir eso cuatro veces porque uno no se anima a soltar. Y soltar no es abandonar, es confiar en que la otra persona puede resolver sin que uno esté atrás respirando en la nuca.

Hace un tiempo escuché a alguien decir que el liderazgo se mide por lo que pasa cuando uno no está. Me quedó dando vueltas. Porque si todo depende de que yo repita las cosas, entonces no tengo un equipo, tengo un altavoz. Y el altavoz funciona hasta que se le acaba la batería, que en mi caso es hasta que me canso de hablar.

No es que esté en contra de explicar. Al contrario, creo que explicar bien es un acto de generosidad. El problema es cuando la explicación se vuelve un ritual de control. Uno cree que está enseñando y en realidad está cubriéndose las espaldas. "Yo avisé", "yo lo dije", "quedó clarísimo". Frases que suenan a responsabilidad pero que muchas veces son miedo a que las cosas salgan distinto a como las imaginé.

Ayer, después de la reunión, me quedé solo un rato en la oficina. No para revisar correos, sino para pensar en cuántas veces en la última semana dije "te explico de nuevo" cuando en realidad quería decir "no confío en que lo hagas como yo lo haría". Es incómodo escribirlo, pero es así. Y creo que a varios les pasa lo mismo y no lo dicen porque queda feo.

Desde la fe también lo pienso. Hay una idea que me ronda hace tiempo: la de acompañar sin controlar. En la iglesia, en el Club de Conquistadores, en la casa con los chicos. Uno quiere que las cosas salgan bien y termina haciendo todo él. Pero el crecimiento del otro no ocurre cuando uno le resuelve la vida, ocurre cuando uno le da espacio para equivocarse. Eso no se enseña en ningún curso de liderazgo, se aprende a los golpes.

Con los hijos es igual o peor. Uno quiere explicarles todo, advertirles todo, que no se equivoquen en nada. Y así los cría sin callo, sin defensas, esperando que alguien les repita las instrucciones toda la vida. Me lo dijo una vez alguien mayor, y no lo entendí en ese momento: "dejalos que se equivoquen en lo chico, para que aprendan antes de lo grande". Recién ahora le doy la razón.

Si tuviera que resumir lo que aprendí ayer en una sola idea, es esta: la repetición no es claridad, es ansiedad. Y la ansiedad no se cura repitiendo, se cura soltando. No es fácil, sobre todo para los que venimos de una escuela donde el que habla más fuerte parece que sabe más. Pero he empezado a probarlo.

Lo práctico, si querés llevarte algo para mañana: la próxima vez que estés por explicar algo por segunda vez, preguntate primero si la otra persona realmente no entendió o si vos no estás pudiendo soltar. Y si no entendió, no repitas lo mismo con más palabras. Preguntá qué parte le quedó clara y qué parte no. Vas a ver que la conversación cambia de lugar, y vos también.

Otra cosa que me sirvió: dejar de cerrar las reuniones con "¿alguna duda?". Nadie levanta la mano, nunca. Es una pregunta que no invita a nada. Mejor preguntar "¿qué harías vos en este caso?". Ahí se ve si entendió o si solo estaba asintiendo. Y de paso te enterás de cosas que no sabías que no sabías.

No tengo todo resuelto con esto. Sigo repitiendo cosas, sigo explicando de más, me sale el reflejo. Pero al menos ahora lo noto, y notarlo es la mitad del trabajo. La otra mitad es animarse a callarse y dejar que el otro haga. Eso todavía me cuesta, no voy a mentir.

Ayer, cuando terminé la reunión y me quedé solo, me di cuenta de algo más: el silencio después de soltar no es vacío, es espacio. Y el espacio es donde la gente crece. A mí me costó años entenderlo. Igual, te soy sincero, todavía estoy aprendiendo a no llenarlo con mi propia voz.

En fin. Mañana tengo otra reunión. Voy a intentar hablar menos. No prometo nada.

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Gracias por el comentario. Esto es una anécdota de una reunión de trabajo del lunes, escrita a mano al volver a casa. Si hay algo puntual que no te cierra, una cita o la foto, indicame cuál y lo ajusto.