Hoy elogié a alguien delante de todo el equipo y me arrepentí a los cinco minutos

in #spanish • 20 days ago

un equipo reunido alrededor de una mesa, alguien habla y los demás escuchan en silencio
Foto: Julio Lopez / Pexels (CC0)

Hoy me pasó algo chico pero me dejó pensando todo el día. En una de esas reuniones que tenemos cada tanto, alguien del equipo presentó un trabajo que le había costado semanas. Lo hizo bien, mejor de lo que yo esperaba. Y yo, en el impulso del momento, lo elogié ahí mismo, delante de todos, con esas palabras que uno suelta cuando está contento: que esto es lo que necesitamos, que así se trabaja, que ojalá todos hicieran lo mismo.

Se hizo un silencio raro. No incómodo del todo, pero raro. Y a los cinco minutos me di cuenta de que había metido la pata.

No porque el trabajo no mereciera el reconocimiento, ojo. Lo merecía. El problema fue el cómo. Miré alrededor y vi las caras de los demás. No eran caras de alegría por el compañero. Eran caras de "y yo qué". Uno de los que trabaja callado hace años, de esos que nunca fallan y nunca se quejan, estaba mirando la mesa con una expresión que conozco bien porque yo mismo la tuve puesta muchas veces.

Eso me dejó pensando en algo que leí hace un tiempo, no me acuerdo dónde exactamente, sobre el reconocimiento público en los equipos. Que cuando un líder elogia a alguien delante de los demás, el mensaje que recibe el resto no es "miren qué bien trabaja este", sino "miren a quién estoy mirando yo". Y esa diferencia, aunque parezca sutil, cambia todo. El elogio público no solo premia al que lo recibe: también manda un mensaje de quién está en el radar y quién no.

Y ahí viene lo incómodo: siempre hay alguien que queda afuera. No por malo, sino porque el trabajo de callado no se ve. El que ordena los papeles, el que contesta el teléfono cuando nadie quiere, el que arregla el problema antes de que se convierta en problema. Ese nunca sube al escenario, y sin embargo sostiene la mitad de la estructura.

Te soy sincero, esto no lo tengo del todo claro. Porque reconozco que callar tampoco es la solución. Hay gente que necesita que se le diga en público que hizo bien las cosas, que se siente valorada así y no de otra forma. Si nunca elogio a nadie delante del equipo, también estoy fallando, y feo. La pasividad no es neutralidad, es otra forma de mandar un mensaje.

Lo que me parece es que el reconocimiento público, si va, tiene que ir con cuidado y con contexto. No como un aplauso suelto que deja a todos los demás preguntándose por qué a ellos no. Y, sobre todo, no como la única herramienta. Porque si el elogio público es la excepción y el silencio es la norma, cualquier cosa que digamos suena a favoritismo, aunque no lo sea.

Me pasó algo parecido, salvando las distancias, en casa. El otro día, en la mesa, uno de mis hijos hizo algo bien y yo lo festejé fuerte, con toda la emoción del momento. Y vi cómo el otro se quedó callado, mirando el plato. No dijo nada, pero yo entendí todo. Ahí también me pregunté si el festejo era para él o para mí. Porque muchas veces elogiamos para sentirnos bien nosotros, para mostrarnos justos y atentos, más que para que el otro se sienta visto de verdad.

Eso es lo que más me molesta de mí mismo, si tengo que ser honesto. Que el elogio público, cuando sale fácil, suele hablar más del que lo da que del que lo recibe.

Bueno, después de darle vueltas, hay algo práctico que quiero probar. Si uno tiene gente a cargo, o cría hijos, o coordina un grupo en la iglesia, yo empezaría por separar dos cosas que suelen ir mezcladas: el reconocimiento público y el reconocimiento privado. No son lo mismo y no sirven para lo mismo.

El público, si se usa, mejor para logros colectivos o para cosas que el equipo entero necesita escuchar. Ahí sí, adelante, que todos sepan qué se hizo y por qué importa. Pero el elogio personal, el "vi lo que hiciste, gracias", ese funciona mejor en privado. Uno a uno. Sin testigos. Porque ahí la persona no tiene que gestionar la mirada de los demás mientras escucha, y el mensaje llega mucho más limpio.

Y hay un segundo paso que me parece más importante todavía: no esperar a que alguien haga algo extraordinario para hablar con él. El que trabaja bien todo el tiempo también merece que le digan algo. Quizás más, incluso, porque el silencio alrededor del trabajo constante es el que más duele. El que brilla una vez recibe aplausos; el que sostiene todos los días rara vez escucha algo.

Yo todavía estoy aprendiendo esto. No tengo un método perfecto, ni mucho menos. Me sale mejor callarme que decir la palabra justa en el momento justo, y eso tampoco está bien. Pero algo sí aprendí hoy: el reconocimiento no es un recurso escaso que hay que racionar, es algo que se puede repartir, y la mayoría de las veces lo estamos repartiendo mal.

Hoy me quedé con esa sensación amarga de haber hecho algo bien por la razón equivocada. Mañana voy a buscar al que se quedó callado mirando la mesa. No para elogiarlo delante de nadie, sino para decirle, sin público, que hace mucho tiempo que veo lo que hace. Nada más que eso.