Hoy en la reunión de la iglesia alguien propuso hacer una comisión para decidir quién compra las galletitas
Hoy a la salida de la reunión de la iglesia alguien propuso armar una comisión para decidir quién compra las galletitas del próximo sábado. No exagero. Una comisión. Para las galletitas.
Me quedé callado porque a veces conviene quedarse callado, pero por dentro pensaba en todas las veces que vi lo mismo en otros lados. En el trabajo, en la familia, en los grupos de padres del colegio. Alguien quiere ayudar, entonces propone organizarse, y organizarse termina significando crear un órgano, y el órgano necesita reunirse, y la reunión necesita un acta, y el acta necesita que alguien la escriba. Y al final las galletitas las compró la misma señora de siempre, la que ya las compraba antes de que existiera la comisión.
Eso me dejó pensando toda la tarde.
Yo trabajo en bienes raíces, así que vivo rodeado de gente que quiere hacer las cosas bien, con papeles, con respaldo, con todo escrito. Y está bien, no digo que no. Pero hay un momento en que el papel empieza a pesar más que la acción. He visto operaciones que se caen no porque el negocio sea malo sino porque nadie se anima a decir "dale, firmemos y después vemos el detalle". La reunión se estira, se pide un informe más, se consulta con alguien que no está, se espera al lunes. Y mientras tanto el dueño del terreno se cansó y le vendió a otro.
La verdad es que no tengo nada contra las reuniones. Tengo algo contra las reuniones que existen para justificar que existen.
Lo que aprendí, y esto me costó años, es que hay dos tipos de personas en cualquier grupo. Las que cuando aparece un problema chico lo resuelven ahí mismo, en el pasillo, en dos minutos, sin avisarle a nadie. Y las que cuando aparece un problema chico sienten la necesidad de convocar. Las primeras te sacan el trabajo adelante. Las segundas te llenan la agenda.
Y ojo, no siempre es mala intención. Muchas veces el que convoca lo hace porque tiene miedo de equivocarse solo. Prefiere que la decisión sea de todos para no cargar con la culpa si sale mal. Lo entiendo, en serio lo entiendo, yo también tuve esa sensación. Pero un grupo donde nadie quiere decidir solo es un grupo que avanza a la velocidad del más lento, y el más lento casi siempre es el que tiene más miedo.

Foto: mysurrogateband / Pexels (CC0)
En mi casa pasa algo parecido con los chicos. Uno quiere que todo se consulte, que todo se hable, que todo se decida en familia. Y está bueno, no lo niego, pero hay días que son las siete y media de la noche y todavía no sabemos qué vamos a cenar porque estamos esperando que todos opinen. Llega un punto en que alguien tiene que decir "hoy hay fideos" y se terminó el debate. Eso también es liderazgo, aunque no lo parezca. Es la parte del liderazgo que no sale en los libros, la de decidir cosas chicas para que la vida siga andando.
Lo vi también en el Club de Conquistadores, que es un lugar donde aprendí muchísimo sobre esto. Tenemos chicos de distintas edades, con padres que a veces ayudan mucho y a veces no tanto, y actividades que hay que sacar adelante sí o sí porque los chicos están ahí esperando. Y en ese contexto aprendí que la planificación sirve hasta cierto punto. Después de eso, lo único que sirve es alguien que agarre la soga y tire. Los chicos no te van a esperar mientras se forma la comisión. Están parados ahí, con la mochila puesta, preguntando qué hacemos hoy.
Hay una cosa que me molesta y la digo aunque quede mal: en muchos grupos el que hace mucho se vuelve invisible. Nadie lo nota porque las cosas simplemente funcionan. En cambio el que organiza, el que manda mails, el que arma el grupo de mensajes, ese sí es visible. Y entonces el sistema premia al que coordina y no al que ejecuta. Eso, con el tiempo, desarma cualquier equipo. Porque el que ejecutaba se cansa de que no lo vean y se va, y queda el que coordina coordinando a nadie.
Si tuviera que decir qué hacer, y esto es lo que yo intento aplicar aunque no siempre me sale, empezaría por una sola cosa: antes de proponer una reunión, preguntate si el problema se resuelve con un mensaje. Si se resuelve con un mensaje, mandá el mensaje. Y si el mensaje no alcanza, hacé una llamada de tres minutos. Solo si las dos cosas fallaron, convocá. Es una regla simple y te ahorra horas de vida. La otra: cuando veas a alguien resolviendo algo chico sin avisar, decíselo. Reconocelo en voz alta. Eso hace más por tu equipo que cualquier discurso.
Y una tercera, que es la que más me cuesta: aceptá que vas a decidir mal algunas veces. Vas a comprar las galletitas equivocadas. No pasa nada. Se comen igual, o se compran otras la próxima semana. El costo de decidir mal es casi siempre menor que el costo de no decidir, aunque en el momento parezca lo contrario.
No sé si esto es un tema de liderazgo o simplemente de sentido común, pero me parece que las dos cosas se parecen más de lo que uno cree. La gente habla mucho de visión, de estrategia, de cultura organizacional, y está bien, suena lindo. Pero el otro día escuché a alguien decir que las organizaciones se caen por las cosas chicas que nadie quiere hacer, no por las grandes. Y me quedó dando vueltas.
Mañana sábado, si se arma la comisión, voy a ir igual. Y capaz que hasta opine sobre las galletitas. Pero mientras tanto, si alguien dice "compro yo", voy a levantar la mano y decir "gracias". Porque a veces el mejor aporte a un grupo es dejar que alguien haga algo sin pedirle permiso a nadie.
La idea de una comisión para galletitas es el síntoma clásico de proceso sin problema. Una vez vi un comité formado para elegir el color de la tinta en las impresoras de oficina, tres reuniones después seguían midiendo tonos. El manual dice que delega rápido pero la práctica enseña que el exceso de estructura ahoga lo simple.
Tres reuniones para elegir el color de la tinta ya es otro nivel de arte abstracto. Lo que aprendí es que esa gente no está midiendo tonos, está postergando el momento de decidir y hacerse cargo. En mi experiencia, el que delega rápido suele ser el que ya se equivocó antes y sabe que el error se arregla, no se vota.
La idea de postergar la decisión es el verdadero síntoma. Vi un proyecto donde el comité pasó meses discutiendo el logo mientras el producto se deterioraba en el almacén. A veces el miedo a equivocarse paraliza más que el error mismo. ¿Has notado que quienes más documentan procesos suelen ser los que menos ejecutan?
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