Hoy vi a dos veteranos de la inmobiliaria pelearse por un cartel y me quedé pensando

in #spanish • 10 days ago

escritorio de oficina con una taza de café y papeles
Foto: J.S. McDuff / Pexels (CC0)

Esta mañana, en la oficina, dos personas que hace años trabajan en esto se agarraron por un cartel de "se vende" mal puesto en una esquina. No era el cartel. Era quién tenía razón. Y yo, mirando desde mi escritorio con el café a medio tomar, me di cuenta de que esa discusión la venía viendo repetirse en distintos formatos desde que arranqué en la inmobiliaria.

Uno de los dos tiene más de veinte años en el rubro. El otro, unos quince. Los dos saben. Los dos han cerrado operaciones que yo todavía no soñaba. Y sin embargo, ahí estaban, elevando la voz por una cuestión que se resolvía en dos minutos con una llamada.

Lo que me llamó la atención no fue la pelea. Fue lo que dijo uno de ellos al final, cuando ya se estaban yendo cada uno para su lado: "Es que si le dejo pasar esta, después me pasa por encima".

Ahí me quedé helado. Porque esa frase no habla de carteles. Habla de miedo.

Y el miedo, en un equipo, se nota. Se nota en cómo la gente deja de proponer cosas, en cómo espera instrucciones para todo, en cómo te dice que sí a la cara y después hace lo que le parece. Lo he visto en la inmobiliaria y lo he visto en otros lados, en la iglesia, en el club, en cualquier grupo de gente que tiene que hacer algo juntos.

En mi experiencia, el problema no es tener veteranos. El problema es cuando el veterano siente que su lugar está en juego cada vez que alguien más joven opina distinto. Ahí ya no hay equipo. Hay competencia disfrazada de reunión.

Lo que aprendí, y me costó, es que el respeto no se pierde cuando otro crece. Se pierde cuando uno cree que el otro crece para sacarlo del medio. Y esa creencia, muchas veces, no la pone el otro. La ponemos nosotros solos.

Pienso en lo que pasa en las empresas familiares, que es un tema que me toca de cerca porque trabajo con gente que vende la casa de sus padres, con hermanos que heredan un terreno y no se ponen de acuerdo. Ahí el liderazgo no se mide en cuánto sabés, se mide en cuánto podés sostener una conversación difícil sin que se rompa la relación. Y eso no lo da la antigüedad. Lo da otra cosa.

El otro día leí por ahí, en esas noticias que uno abre sin querer, que las empresas que excluyen al talento mayor están perdiendo dinero, clientes y liderazgo. No me sorprendió. Lo que me hizo pensar fue el otro lado: cuántas veces el que tiene experiencia se excluye solo, porque siente que ya no lo escuchan, porque se encierra en su manera de hacer las cosas.

Y bueno, ahí hay dos movimientos. El que tiene años tiene que aprender a soltar un poco el control. El que recién arranca tiene que aprender a escuchar antes de querer cambiar todo. Ninguno de los dos es fácil. Los dos requieren humildad, y la humildad no viene con el cargo ni con el título.

Si tuviera que dar un consejo práctico, algo que alguien pueda hacer mañana mismo en su trabajo, sería esto: la próxima vez que sientas que alguien te está pisando el lugar, antes de contestar, preguntate si de verdad te está pisando o si estás defendiendo una posición que ya no hace falta defender. Porque muchas veces la pelea no es por el cartel. Es por el miedo a quedar afuera.

Yo empecé a hacer ese ejercicio hace un tiempo. No siempre me sale. A veces contesto igual, con ese tono que uno usa cuando cree que tiene razón. Pero cada vez me doy cuenta más rápido, y eso ya es algo.

Ojo con esto: no estoy diciendo que haya que callarse. Estoy diciendo que hay que distinguir entre defender una idea y defender el propio lugar. La primera construye. La segunda desgasta. Y desgasta a todos, no solo al que pelea.

La verdad es que esa discusión de esta mañana me dejó pensando todo el día. No sé quién tenía razón con el cartel. Probablemente ninguno, probablemente era una tontería. Pero la frase final, esa de "después me pasa por encima", esa me quedó dando vueltas. Porque el que la dijo es alguien que sabe mucho, que ha hecho mucho por esta oficina, y que hoy estaba defendiéndose de algo que quizás ni existía.

Es triste, che. Y a la vez es una oportunidad. Porque si uno se da cuenta de eso a tiempo, puede cambiar la forma en que se sienta en la mesa. No como el que tiene que cuidar su trono, sino como el que tiene algo para aportar.

El liderazgo, al menos como yo lo entiendo, no es lo que uno acumula con los años. Es lo que uno puede dar sin miedo a quedarse sin nada.