El crujido de la puerta de la capilla a las 6:15

Foto: Julio García Photos / Pexels (CC0)
A las 6:15 de la mañana, el sonido del viejo pestillo de la puerta de la capilla de San Lorenzo se coló en la madrugada, como un susurro que invita a la oración. Yo había llegado justo a tiempo, con la Biblia bajo el brazo y una taza de café tibio que aún humeaba. El aire frío del campo se coló por las rendijas, moviendo las hojas de los pinos que bordean la vereda. Mientras me quitaba el abrigo, recordé el Salmo 23:1, “El Señor es mi pastor; nada me falta”. En ese instante sentí que el día empezaba bajo la mirada del Señor.
Al cruzar el umbral, el crujido de la madera resonó en el silencio. Allí, el hermano José, de 48 años, estaba alineando las sillas, con la frente cubierta de gotas de sudor por el frío. Me saludó con un “Buenos días, hermano”, y me pasó la llave que había encontrado en la caja de la mesa de ofrendas. Lo escuché decir, “Ayer, la hermana Marta dejó una carta en la puerta, dice que el Señor le habló en un sueño”. Guardé la llave en el bolsillo y me acerqué al altar.
Encendí la lámpara de aceite que siempre dejamos encendida para los cultos matutinos. La luz vaciló, proyectando sombras que bailaban sobre los bancos de pino. Sentí la presencia del Espíritu mientras abría la Biblia en el Salmo 46:10, “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. Mis ojos se detuvieron en el versículo, y una paz inesperada llenó la sala. En mi experiencia, esos momentos de quietud son como una brisa que despeja la niebla del corazón, y me recordaron la necesidad de detenerme.
De pronto, el móvil sobre la mesa sonó con un timbre agudo. Era el número de la hermana Luisa, quien vive en la calle 12 del barrio. Contesté, y ella, entre sollozos, me dijo: "Che, hermano, mi hijo está enfermo, la fiebre no baja". Le aseguré que la oración de esta mañana incluiría a su familia, y le pedí que trajera su cruz para que la podamos levantar juntos en la oración. Colgué y anoté su nombre en la hoja de asistencia, sintiendo cómo la carga de sus preocupaciones se mezclaba con la mía.
Al poco tiempo, la hermana Marta entró con una bolsa de pan recién horneado y una carta amarillenta que había encontrado bajo la puerta. La abrió y leyó en voz alta: "El Señor me habló y me dijo que no temáis, que la luz del amanecer traerá consuelo". Su voz temblaba, pero el mensaje resonó fuerte en los muros de la capilla. Yo asentí y respondí: "Gracias, Marta, por compartir ese consuelo". En mi experiencia, la palabra escrita a veces llega más lejos que cualquier predicación.
Justo antes de iniciar el culto, el niño de Lucas, de ocho años, corrió hacia el banco central, tropezó y cayó sobre la alfombra. Un grito de sorpresa se elevó, pero el niño se levantó riendo, diciendo: "¡Me caí, pero ahora estoy más cerca del cielo!". El hermano José se acercó, lo sostuvo y, con una sonrisa, susurró: "Dios usa hasta los tropiezos para mostrarnos su amor". Esa risa llenó el espacio y la atmósfera se volvió ligera.
Comenzamos con la canción de alabanza que siempre cantamos a las 6:30, “Grandes son tus maravillas”, y las voces se unieron como un río que fluye entre las colinas del Chaco. Mientras cantábamos, sentí que cada nota llevaba una ofrenda de nuestras vidas al Señor. Después, leí una porción de Efesios 4:2-3, y la Escritura nos recuerda que la humildad y la paciencia son la base de la unidad. Miré a los rostros de los hermanos, a la hermana Ana que estaba sentada con los ojos cerrados, y pensé en cómo la Escritura se vuelve viva cuando la respiramos juntos.
Al finalizar, la hermana Nidia, que suele encargarse de la limpieza, tomó el cepillo y empezó a barrer el polvo que se había acumulado sobre el púlpito. Queridos hermanos, cada polvo que se va es una carga que el Señor quita. Yo la observé y pensé en cómo esos pequeños actos son ofrendas silenciosas que muchas veces pasan desapercibidas.
Salí de la capilla a las 12:30, con el sol ya alto y la brisa cálida del río Paraguay acariciando la cara. Caminé por la vereda del barrio, cruzando la tienda de Don Carlos, donde compré un paquete de galletas de avena con la etiqueta “Hecho en Asunción”. Mientras pagaba, el cajero me dijo: "Hoy es 1 de noviembre, ¿ya preparaste el sermón de la próxima semana?". Respondí que aún estaba meditando, y me quedé mirando el reloj de la pared que marcaba las 12:45.
Una mariposa azul se posó sobre la cruz que llevaba colgada del cuello, como un recordatorio sutil.
Regresé a la casa de mi madre, donde la cocina olía a mate recién hecho. La hermana Pilar, que había venido a ayudar, me preguntó si quería acompañarla al estudio bíblico del viernes. Le dije que sí, y ella respondió: "Entonces, queridos hermanos, nos vemos a las 19:00 en el salón de la iglesia". Mientras servía el mate, recordé la frase del pastor que escuché el mes pasado: "El Señor nos llama a ser luz, no a ser lámparas de vacío". Esa frase quedó dando vueltas en mi mente mientras el vapor del mate ascendía.
Al cerrar la puerta de la cocina, escuché el crujido familiar, igual que el de la capilla. Me quedé un momento en silencio, observando cómo la tarde se tornaba dorada. No hubo conclusiones grandiosas, solo el latido constante de una vida que se sigue moviendo bajo la mirada del Señor.