El sermón de Jesús Higueras en San Roque me recordó que el cielo no se gana
Hoy, lunes 14 de septiembre de 2026, me senté en la pequeña capilla de la Iglesia Evangélica San Roque, en Av. Mariscal López 1234, Asunción. Apenas veían 27 personas cuando el Pastor Jesús Higueras tomó la palabra y, con voz serena, proclamó: «Creen que el cielo hay que ganarlo». En ese instante, sentí que algo que había escuchado en los pasillos del mercado esa mañana—un vecino que reclamaba que sus buenas obras lo habían dejado sin paz—se materializaba ante mis ojos.
Queridos hermanos, en mi experiencia esa frase encendió una reflexión profunda sobre la verdadera raíz de nuestra esperanza. La Escritura nos recuerda en Efesios 2:8‑9: > «Porque por gracia sois salvos mediante la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». El Pastor Higueras explicó que muchos cristianos, aun sin querer, convierten la fe en una lista de tareas, creyendo que cada “buen acto” suma puntos hacia la eternidad. Cuando le pregunté a María, una madre que trabaja en el supermercado Tottus desde las 6 a.m. y regresa a las 10 p.m., me confesó que se despertaba cada día temiendo no ser lo suficientemente “buena” para el Señor. Esa carga, según ella, la hacía sentir más distante de la gracia que el Señor ofrece.

Foto: Filipe Braggio / Pexels (CC0)
En mi vida pastoral, he visto cómo esa mentalidad de ganancia transforma la adoración en competición. Hace dos años, durante una visita a la parroquia de Caacupé, observé a un grupo de jóvenes que organizaban una maratón de recaudación para la obra misionera, pero lo hacían con la mirada fija en los elogios de los demás. Ese día, el Señor me mostró que el verdadero servicio nace del agradecimiento, no del reconocimiento. Al regresar a San Roque, compartí con el pastor una anécdota sencilla: entregué el pan sobrante de mi café de la mañana—un Café Oro de la esquina del barrio—al vendedor de guayabas que pasaba por la puerta. No esperaba aplausos; solo quería que el Señor usara ese gesto humilde como señal de su gracia.
Si deseas experimentar esta libertad hoy, te propongo tres pasos concretos: 1) abre tu Biblia y medita en Efesios 2:8‑9, anotando cada palabra que el Espíritu te revele; 2) escribe cada noche tres cosas que recibiste sin haberlas buscado, recordando que son regalos del Señor; 3) comparte con alguien—un hermano, una hermana o incluso un desconocido—una historia donde sentiste la gracia sin haberla “ganado”. Ese acto sencillo rompe el círculo de la autoexigencia y abre espacio para la verdadera fe.
Al cerrar el encuentro, sentí que el peso de la culpa se disipaba como la niebla del río Paraguay al amanecer. En mi corazón, la certeza de que el cielo es un regalo, no una meta, se arraiga cada vez más. Que el Señor nos sostenga en esa gracia inmerecida.