La partida de un viejo teólogo a sus 98 años y el silencio con Doña Tomasa
Esta mañana de viernes, poco después de las seis y cuarto, me senté en el patio de mi casa acá en Luque con la pava lista y el mate cargado con yerba Kurupí de menta y cedrón. Repasando las noticias del día en la pantalla del teléfono, me encontré con la noticia del fallecimiento del padre Juan Ochagavía a sus 98 años en Santiago de Chile. Quizá el nombre no le diga mucho a quien no suele andar entre libros de historia eclesial, pero Ochagavía era el último asesor teológico vivo que participó activamente en el Concilio Vaticano II allá por los años sesenta. Leer sobre su partida me dejó en un silencio largo, de esos que hacen que el mate se enfríe en la mano sin que uno se dé cuenta.
La noticia me conectó de inmediato con algo que viví ayer jueves cerca de las cuatro y media de la tarde. Fui a visitar a Doña Tomasa, una vecina de 74 años que vive en el Barrio San Jerónimo, en Asunción. Su hijo Marcos falleció trágicamente el pasado 12 de agosto en un accidente de moto sobre la Ruta PY02, a la altura de San Lorenzo. Desde aquel día, la casa de Tomasa quedó sumida en una quietud pesada, de esas que duelen en el pecho apenas uno cruza el portón de entrada.
Cuando entré a su corredor, ella estaba sentada en una silla de cable azul, mirando el patio donde Marcos solía arreglar las herramientas de su taller. Me sirvió un jarro de cocido negro caliente con un pedazo de mbeyú que le había llevado su vecina Clementina al mediodía. No hablamos durante los primeros veinte minutos. Solamente nos quedamos ahí, escuchando el ruido lejano de los colectivos que subían por la avenida Stella Maris y el canto descompasado de los pájaros en el mango del patio.
En mi experiencia pastoral de más de dos décadas recorriendo comunidades del Departamento Central, he visto a muchísimos creyentes bienintencionados caer en la trampa de querer arreglar el dolor ajeno con discursos apresurados. Ante una pérdida devastadora, solemos buscar respuestas automáticas para tapar el vacío del silencio. Queremos explicar a Dios antes de haber escuchado el gemido de la persona que sufre. Y sin embargo, cuando leemos con atención la Escritura, el camino que el Señor nos marca es radicalmente distinto.
El libro del profeta Isaías contiene un pasaje extraordinario que suelo releer cada vez que me siento abrumado por el trabajo en la parroquia. En Isaías 50:4 leemos:
«El Señor Dios me dio lengua de sabios, para saber hablar palabra al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que escuche como los sabios».
Fíjense queridos hermanos en el orden que establece el profeta. La verdadera sabiduría del habla no nace de haber acumulado títulos en una universidad de Roma ni de haber escrito tratados eruditos como los que redactó el jesuita Ochagavía en su juventud. La sabiduría para sostener al cansado nace de un oído que ha sido entrenado por el Señor para escuchar primero. En la lengua hebrea original, la palabra utilizada para «sabios» en este versículo es limudim, que se traduce más bien como «discípulos» o «enseñados». La lengua sabia no es la que impresiona con dogmas complejos, sino la que sabe aguardar el momento oportuno porque antes aprendió a guardar silencio.
El padre Ochagavía, muchos años después de haber caminado por los pasillos de San Pedro durante el Concilio, decía en una entrevista que le leí en el diario El Mercurio allá por el 2018 que el mayor peligro del teólogo y del pastor es volverse sordo al sufrimiento real de la gente común. El Concilio buscaba precisamente eso: abrir las ventanas de la Iglesia para que el aire fresco entrara, pero sobre todo para que las lágrimas de los hombres y mujeres de la tierra resonaran dentro de los muros sagrados. Si la teología no sirve para sentarse al lado de una madre que llora a su hijo en un barrio humilde, entonces no pasa de ser un ejercicio académico estéril.

Foto: Denis Gvozdov / Pexels (CC0)
Recordemos también el pasaje del Evangelio de Lucas, en el capítulo 24, cuando los dos discípulos caminaban desesperanzados hacia la aldea de Emaús. Jesús se les acerca en el camino, pero no empieza la conversación dándoles una cátedra de exegetica ni reprochándoles de entrada su falta de fe. Durante más de once kilómetros de caminata bajo el sol de la tarde, el Señor camina al paso de ellos. Les hace preguntas simples: «¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis?». Deja que ellos vacíen su corazón, que expresen su amargura, que digan con todas las letras «nosotros esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel». Recién después de haber escuchado toda esa carga de frustración, el Señor abre la Escritura y les explica el sentido de los acontecimientos.
Ayer en la casa de Doña Tomasa, después de ese largo rato en que solo se oía el viento entre las hojas del mango, ella suspiró profundamente, miró el fondo de su jarro de enlozada y me dijo: «Pastor, a veces la casa se siente demasiado grande y el silencio de la noche me da miedo». No le cité dogmas ni le solté las frases hechas que a veces la gente repite por compromiso. No le dije que «Dios sabe por qué hace las cosas» ni que «hay que ser fuertes por la familia». Esas frases, aunque se digan con buena intención, suelen sonar como un portazo en la cara de quien está atravesando el duelo. Simplemente tomé su mano arrugada, le aseguré que el Señor no se asustaba de su tristeza y le leí apenas tres versículos del Salmo 34, recordando que Dios está cerca de los quebrantados de corazón.
Si ustedes están buscando acompañar a un familiar, a un compañero de trabajo en la fábrica o a un vecino que está pasando por un momento de prueba terrible, la Escritura nos llama a practicar la presencia humilde antes que el sermón técnico. Acompañar espiritualmente a alguien no requiere un posgrado en teología; requiere un corazón dispuesto a descalzarse ante el dolor del hermano.
Pasos prácticos para el acompañamiento diario:
Aprenda a sostener el silencio sin desesperar. Cuando visite a una persona en duelo o en crisis grave, propóngase la regla de no dar explicaciones teológicas ni consejos no solicitados durante los primeros treinta minutos de la visita. Permita que el silencio exista sin intentar llenarlo de inmediato con palabras piadosas.
Sustituya los clichés por preguntas de validación. Elimine de su vocabulario frases como «tenés que salir adelante» o «sé exactamente cómo te sentís». En su lugar, utilice preguntas que abran el corazón del otro, como: «¿Qué ha sido lo más difícil de sostener durante este día?» o simplemente «Acá estoy para escucharte si querés hablar, y si no, podemos quedarnos en silencio».
Ofrezca ayuda logística específica. En lugar de decir la frase genérica «avisame si necesitás algo», asuma tareas concretas que alivien la carga inmediata. Mañana mismo, si conoce a alguien en necesidad, dígale: «Paso a las diez de la mañana por el supermercado de la esquina de la avenida Brítez Borges, ¿te traigo fruta, pan o algún medicamento?». El amor cristiano se encarna en la cotidianeidad visible.
Rinda su necesidad de 'arreglar' a la persona. Aceptar que no somos los salvadores de nadie nos libera de la presión de tener que dar respuestas perfectas. Nuestro rol no es resolver el misterio del dolor humano, sino reflejar la compañía paciente de Cristo que camina al lado del afligido.
El Señor no nos pide que tengamos la erudición de un asesor conciliar para consolar a quien sufre. Con sentarnos a la mesa, compartir un cocido en silencio y sostener la mirada sin apuro, muchas veces el amor de Dios se hace presente de una forma más clara que en mil discursos.