Una hoja de rosario en el puesto de guayaba

Foto: Joshuan Barboza / Pexels (CC0)
Hoy, 5 de septiembre de 2026, mientras caminaba por la calle 15 de Asunción a las 14:32, me detuve en el puesto de guayaba de Don Carlos. Entre las frutas, una niña de ocho años, llamada Lucía, me entregó una hoja de papel doblada que llevaba escrita una pequeña oración: "Señor, guíanos en cada paso". No había nada especial en el papel, solo una hoja de rosario recortada a mano, pero el gesto me sorprendió. En mi experiencia, esos momentos inesperados son los que el Señor usa para recordarnos que la gracia se oculta en lo cotidiano.
"El Señor es mi pastor; nada me faltará" – Salmos 23:1
Primera idea: el valor de los pequeños actos. Lucía no sabía que su gesto tocaría el corazón de un pastor que lleva años escuchando peticiones en la parroquia de San José. Al regresar a casa, recordé una charla de la hermana María, directora del Centro de Jóvenes de Asunción, quien mencionó que el Señor a menudo se revela a través de “detalles que pasan desapercibidos”. Ese mismo día, mi vecino, el señor Gómez, de 68 años, me contó que había encontrado una foto de su familia en una caja de cartón y, al verla, recordó la promesa de Dios de estar siempre con él. Ambos casos muestran cómo la Escritura no solo se lee, se vive en los gestos simples.
Segunda idea: la Escritura nos enseña a leer lo pequeño. En Mateo 13:31-32, Jesús compara el reino de los cielos con una semilla de mostaza: tan diminuta que al principio parece insignificante, pero al final crece y transforma todo el terreno. Lo mismo ocurre cuando una hoja de rosario llega a nuestras manos; es una señal de que Dios está sembrando fe en nuestro día a día. Cuando leí en el boletín de la Iglesia de San Roque (edición del 3 de septiembre) que 27 jóvenes se comprometieron a compartir una “señal de fe” con alguien cada semana, comprendí que la comunidad ya está respondiendo a esa invitación silenciosa.
Pasos concretos para vivir esa lección: 1) Cada mañana, antes de iniciar la jornada, busca en tu entorno un objeto que parezca ordinario y dedica un minuto a agradecer al Señor por ese detalle; 2) Anota en una hoja (puede ser la misma hoja de rosario) una frase breve que represente ese agradecimiento y compártela con alguien que necesite ánimo; 3) Al final de la semana, revisa cuántas “hojas de gracia” has recogido y ora por la fortaleza para seguir viendo la mano del Señor en lo pequeño. Si recién arrancás, empieza con el primer paso, que no requiere más que una respiración consciente.
En mi corazón, esa hoja de rosario sigue latiendo como un recordatorio de que la fe se alimenta de momentos simples, y que el Señor nos habla en el susurro de una guayaba recién cosechada.