Una llamada al mediodía reveló el frío que se cuela en la fe

Foto: Interior Catedral Santiago Chile / Wikimedia Commons
Hoy, martes 8 de septiembre de 2026, mientras revisaba el boletín número 12 en la oficina parroquial de San Miguel, Asunción, sonó el teléfono a las 12:15. Era mi hermana Ana, que vive en Ciudad del Este. Me contó que su madre, María, de 73 años, había dejado de asistir a la misa después del fallecimiento de su esposo el mes pasado y que ahora se sentía “fría” en la fe. Según lo que he vivido, esas palabras suelen ser la primera señal de un enfriamiento que, si no se atiende, crece como la sombra que se extiende al caer el sol.
En los últimos días he notado el mismo fenómeno entre los feligreses de nuestra parroquia. La clase de catecismo del sábado contó solo ocho niños, mientras que el mes de julio registramos quince. El coro, que normalmente se reúne los viernes a las 19:00, faltó a dos ensayos consecutivos y la lista de voluntarios para la colecta de la cena de beneficencia se redujo a seis nombres, de los once habituales. El Sr. Carlos Gómez, encargado del sonido, me comentó que el sonido del órgano parecía más distante, como si los corazones de la gente estuvieran menos atentos.
"Yo, el Señor, no estoy en el cielo para decirles lo que han de hacer; yo soy el que todo lo ve..." (Apocalipsis 3:15‑16)
La Escritura nos advierte en Revelación 3:15‑16 que el Señor rechaza la tibieza: “Yo soy el que todo lo ve”, dice el Señor, y llama a ser fervientes o a ser fríos. En mi experiencia, la tibieza no surge de la falta de conocimiento, sino de la rutina que ahoga la pasión. Cuando el corazón se acostumbra a la comodidad del domingo sin buscar al Señor durante la semana, la fe se vuelve como el agua tibia: no quema, pero tampoco refresca.
Si deseas contrarrestar ese enfriamiento, te propongo tres pasos que puedes iniciar mañana mismo. Primero, reserva cinco minutos cada mañana para un café con el Señor, utilizando una taza de Café San Roque mientras lees un versículo breve. Segundo, forma un pequeño grupo de fuego en la casa de alguno de los feligreses; empieza con tres familias que se comprometan a compartir testimonios cada viernes. Tercero, al final de cada día escribe en una hoja una sola cosa por la que agradeces al Señor; ese hábito alimenta la conciencia de su presencia.
Queridos hermanos, el enfriamiento no es irreversible; basta con una chispa de intención y la gracia del Señor para volver a sentir el calor que nos llama a vivir. Yo seguiré orando por cada uno de ustedes, confiado en que el Espíritu avivará nuestras almas.