Una mochila de 12 kg me enseñó a caminar en fe hacia Caacupé

Foto: Axel Torres / Pexels (CC0)
Viernes 11 de septiembre, 07:45. Salí de mi casa en la Avenida Defensores del Chaco con la mochila que había preparado la semana pasada para la peregrinación a Caacupé. Al subir al bus número 124 en la Terminal de Ómnibus de Asunción, sentí que el cierre de la cremallera se resistía. Conté los kilos: 12 kg de ropa, una botella de agua de 1 L, dos libros de meditación y, sin darme cuenta, una caja de galletas de la marca Dulce de la Casa que había comprado para el camino. El conductor, Carlos Méndez, me miró y comentó que llevaba “más peso que la culpa que carga el hombre”. Ese comentario encendió una reflexión que hoy comparto con ustedes, queridos hermanos.
Mateo 11:28 – "Vengan a mí todos los que están cansados y llevan carga pesada, y yo les daré descanso".
En mi experiencia, el peso físico del equipaje es una señal del equipaje espiritual que cargamos sin notar. En los primeros kilómetros, la carretera se volvió empinada y mi espalda protestó. Cada paso era una oración silenciosa pidiendo alivio. Recordé la confesión que había hecho el mes pasado con el padre José en la parroquia San Juan Bosco; aun así, el sentido de culpa por no haber ayudado a mi hermana Ana, que está enferma en Encarnación, permanecía. Esa carga invisible se manifestó en la rigidez de mis hombros.
Al llegar al santuario, observé a varios peregrinos que llevaban apenas una botella y una vela. Uno de ellos, María del Rosario, de 58 años, me ofreció una pequeña cruz de madera que había comprado en la tienda del altar. Me explicó que ella viaja cada año con lo esencial, pues “confía en que el Señor lleva lo que yo dejo atrás”. Esa simple práctica me mostró que la verdadera ligereza proviene de entregarle a Cristo nuestras preocupaciones antes de emprender el camino.
Pasos para aligerar la mochila espiritual hoy mismo:
- Cada noche, anota tres cosas que te agobian y ora entregándolas a Jesús; marca con una cruz cada una que hayas soltado.
- Revisa tu equipaje antes de salir: si hay objetos sin propósito (una caja de galletas, una chaqueta que no usarás), regálalos o desecha.
- Programa una breve visita al confesor; una confesión sincera alivia el peso que el alma siente.
- Lleva en tu mochila solo lo necesario: una Biblia, agua, y un pequeño símbolo de fe.
Al volver a Asunción, la mochila estaba más ligera, pero el cambio más profundo fue interno. Sentí que la promesa del Señor de dar descanso se cumplía cuando soltaba lo que no necesitaba. En la ruta del regreso, mientras el sol se ocultaba sobre el río Paraguay, agradecí por la lección de que la fe no se mide por la cantidad de cosas que cargamos, sino por la disposición a confiar.
En mi corazón, guardo la certeza de que cada paso con Cristo es un paso sin peso. Que esta experiencia sirva de guía a quienes hoy cargan más de lo necesario.